Homilía- lunes 1º semana del tiempo ordinario.
Con el inicio del Tiempo Ordinario, la Iglesia nos introduce en un espacio privilegiado: el de la vida de cada día. No celebramos acontecimientos extraordinarios, sino el paso de Dios por lo ordinario, por lo que somos y vivimos. Es el tiempo de dejarnos acompañar por la Palabra en nuestras casas, en nuestras familias, en el trabajo, en las alegrías y en las heridas que llevamos dentro.
La primera lectura nos presenta una escena profundamente humana. Ana vive el dolor de la esterilidad, la humillación constante y el desprecio, mientras experimenta el amor sincero de su esposo. Sus palabras resuenan con una belleza que descoloca: «¿No valgo yo más que diez hijos?». En esta afirmación se revela una verdad esencial: el matrimonio es ante todo amor entre los esposos. Los hijos son una bendición que fortalece ese amor, pero no lo sustituye. Cuando el amor sostiene la vida, incluso el sufrimiento se convierte en lugar donde Dios puede actuar.
Desde esa historia concreta, marcada por la fragilidad, la liturgia nos conduce al Evangelio, donde Jesús pronuncia una palabra decisiva: «Convertíos y creed la Buena Noticia». Convertirse no es solo cambiar conductas ni corregir errores. Convertirse es una orientación profunda del corazón. La pregunta decisiva no es tanto “¿a qué convertirnos?”, sino “¿a quién?”. Convertirse es volver el corazón a Cristo, acogerlo como centro de la vida y Señor de nuestra historia.
Creer en la Buena Noticia significa recibir la fe como don y dejar que se haga vida a través de la caridad. Significa reconocer que Cristo puede disponer de nuestro corazón, de nuestro tiempo, de nuestros proyectos y de nuestras decisiones. La conversión abre los ojos para descubrir a Cristo presente en los acontecimientos de la historia, también en los más sencillos y en los más difíciles. Él es el origen, el centro y el fin de todo, y en Él la vida alcanza su sentido y su plenitud.
Por eso la conversión cristiana es una experiencia de esperanza. Cristo ha vencido el pecado y la muerte. Su victoria sostiene nuestro caminar, y la Eucaristía se convierte en garantía de esa esperanza que no defrauda. Vivir convertidos es aprender a amar la voluntad de Dios con confianza, incluso cuando se manifiesta a través de pruebas, contradicciones o fragilidades. Es decirle con sencillez: “Señor, si Tú lo quieres así, yo también lo quiero”.
El Evangelio nos muestra entonces la respuesta de los primeros discípulos. Simón, Andrés, Santiago y Juan escuchan la voz de Jesús y dejan inmediatamente las redes. No hacen cálculos ni ponen condiciones. Descubren que seguir a Cristo merece la pena. Convertirse es precisamente eso: dejar que Cristo lo sea todo en nosotros y caminar con Él.
Este camino no se vive una sola vez. La conversión acompaña toda la vida cristiana. Por eso Jesús repite su llamada una y otra vez, y la Iglesia la pone en nuestros labios especialmente al inicio de la Cuaresma: «Convertíos y creed el Evangelio». Es el programa permanente del discípulo: purificar el interior para abrirse cada día a la Palabra y a la vida de Jesús de Nazaret.
Caminar como cristianos exige familiaridad con el Evangelio. Tenerlo cerca, acudir a él cuando hay decisiones importantes que tomar, dejar que ilumine las opciones de la vida. Jesús sigue diciendo: «Venid conmigo». Y al seguirle descubrimos una certeza que nos sostiene: no caminamos solos. Él va con nosotros, nos acompaña, nos fortalece y nos señala el sentido último de nuestro vivir.
El Evangelio es exigente, y Jesús no lo oculta. Pero también nos asegura que su yugo es llevadero y su carga ligera. La vida cristiana se sostiene en una doble confianza: que lo que Jesús nos pide es siempre Buena Noticia, y que Él mismo vive con y en nosotros para ayudarnos a ser fieles.
Al iniciar este Tiempo Ordinario, la Palabra nos invita a revisar nuestra respuesta. A preguntarnos si vivimos con el corazón abierto a la conversión, si creemos de verdad que Cristo es la Buena Noticia para nuestra vida, y si dejamos que Él camine con nosotros en lo cotidiano. Allí, en lo ordinario, Dios sigue obrando maravillas. Allí, cuando el amor sostiene la vida, la fe florece y la esperanza se renueva.
