Homilía – Fiesta del Bautismo del Señor. «Un hombre en medio de los hombres»
Queridos hermanos:
Con la fiesta del Bautismo del Señor se cierra el tiempo de la Navidad y se abre ante nosotros el horizonte entero de la vida pública de Jesús. Hoy no contemplamos un gesto aislado, ni un episodio secundario del Evangelio. Hoy asistimos a una manifestación decisiva del misterio de Cristo y, al mismo tiempo, a una revelación profunda de nuestra propia vocación cristiana.
Jesús se acerca al Jordán como uno más. Se pone en fila con los hombres y mujeres de su tiempo. Entra en el agua donde tantos reconocen su pecado, su fragilidad, su deseo de conversión. Allí aparece el Hijo eterno, el Santo de Dios, el Ungido por el Espíritu. Su gesto tiene un peso inmenso: Jesús decide situarse en medio de la humanidad real, concreta, herida, necesitada de salvación. Asume nuestra condición desde dentro. Comparte nuestro camino desde abajo.
El profeta Isaías nos había preparado para esta escena cuando presentaba al Siervo del Señor: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi Espíritu sobre él”. Este Siervo camina con mansedumbre, sostiene al débil, protege la caña cascada, cuida la llama vacilante. Su misión no nace del poder ni del dominio. Brota de la fidelidad, de la cercanía, de la misericordia. Jesús encarna plenamente este rostro de Dios.
En el Jordán sucede algo decisivo. Se abren los cielos. El Espíritu desciende como una paloma. Y se escucha una voz que lo ilumina todo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. En ese momento queda revelada la identidad de Jesús. Él es el Hijo amado del Padre. Su misión nace del amor y se sostiene en el amor. Todo lo que hará, todo lo que dirá, todo lo que entregará, brota de esta relación filial.
Este misterio nos conduce también a una verdad fundamental: al revelarse quién es Jesús, se revela al mismo tiempo el sentido de la vida humana. Cristo no se sitúa por encima de los hombres, ni al margen de su historia. Se coloca en medio. Comparte la condición de los últimos. Camina junto a los pobres, los pecadores, los heridos, los cansados. Allí, en esa solidaridad profunda, el Padre proclama su complacencia.
San Pedro lo expresará con claridad al anunciar el Evangelio: Dios no hace distinciones, acepta a quien lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Jesús pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos. Esta es la huella del Bautismo del Señor: una vida entregada, una existencia abierta, una misión que alcanza a todos.
Esta fiesta nos invita a mirar también nuestro propio bautismo. En aquel día fuimos sumergidos en la vida de Dios. Recibimos un nombre. Fuimos ungidos por el Espíritu. Fuimos incorporados a Cristo y enviados al mundo. El bautismo no es un recuerdo del pasado. Es una fuente viva que sigue actuando en el presente. Nos recuerda quiénes somos y hacia dónde caminamos.
Ser bautizados significa aprender el estilo de Jesús. Significa caminar con humildad. Significa no imponer, sino acompañar. Significa sostener al débil, cuidar lo frágil, proteger la esperanza que apenas arde. Significa dejarnos conducir por el Espíritu para vivir una fe encarnada, compasiva, cercana.
Hoy, al contemplar a Jesús en el Jordán, descubrimos que Dios ha querido acercarse hasta lo más hondo de la condición humana. Ha querido compartir nuestras aguas turbias para purificarlas desde dentro. Ha querido mostrarnos que la verdadera grandeza pasa por el servicio y que la verdadera gloria se manifiesta en el amor entregado.
Que esta fiesta renueve nuestra identidad cristiana. Que nos ayude a vivir como hijos amados. Que nos enseñe a reconocer a Cristo en cada hermano, especialmente en el más pequeño. Que el Espíritu que descendió sobre Jesús descienda también sobre nosotros y nos sostenga en el camino.
Y que, como comunidad creyente, sepamos caminar juntos, hombres y mujeres entre los hombres, llevando al mundo la luz, la esperanza y la misericordia que brotan del corazón de Cristo.
Amén
