HOMILÍA – 9 DE ENERO
La liturgia de hoy continúa el hilo que venimos tejiendo esta semana: Dios nos ha amado primero, y ese amor genera en nosotros una vida nueva, una manera distinta de mirar, de sentir, de caminar. La primera carta de san Juan nos lo dice sin rodeos: «Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.»
Ayer meditábamos que el amor cristiano nace de Dios; hoy Juan añade algo decisivo: cuando amamos como Él, Dios permanece en nosotros
y su amor llega en nosotros a su plenitud.
Amar es la señal de que Dios habita dentro. Y Juan nos regala una de las declaraciones más hermosas de toda la Escritura: «Dios es Amor.»
No “tiene” amor, no “muestra” amor: es Amor. Por eso, quien permanece en el amor permanece en Dios.
Esto ilumina también otra frase profunda de la lectura: «No hay temor en el amor, porque el amor perfecto expulsa el temor.» El miedo es fruto de vivir bajo la lógica del castigo, de pensar en un Dios que vigila o condena. Pero cuando descubrimos el Amor que Dios es, el miedo se disuelve. – El miedo a fallar. – El miedo a no ser suficientes. – El miedo a la fragilidad. – El miedo al futuro. Todo ese mundo interior empieza a desmoronarse cuando comprendemos que Dios no nos ama “si”, sino “a pesar de” y “antes de”.
El salmo de hoy, «Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes.»
Es una imagen preciosa: el reinado de Dios se fundamenta en justicia, compasión y rectitud. Donde Dios reina, el miedo desaparece. Donde reina el amor, el corazón se ensancha.
Y el Evangelio nos ofrece hoy una escena que es como un espejo de la vida espiritual: Los discípulos han visto el milagro de la multiplicación, han experimentado la abundancia del amor de Jesús… pero al caer la noche se enfrentan al viento contrario, remando con fatiga en medio del mar agitado.
Qué real es esto: – podemos haber visto grandes cosas de Dios, – podemos haberlo experimentado muy cerca, y aun así, cuando llega la noche, nos cansamos, nos confundimos, nos asustamos.
Jesús, mientras tanto, estaba orando en el monte. La oración es el lugar donde Cristo sostiene a la Iglesia, donde carga con su cansancio, donde intercede por nuestros remos débiles.
A la “cuarta vigilia” —el momento más oscuro de la noche— Jesús se acerca caminando sobre el mar. La tormenta no se calma antes: es Él quien entra en ella.
Pero los discípulos, agotados y con la mente “embotada”, no reconocen su presencia y creen ver un fantasma.
Cuántas veces, en nuestras propias noches, lo que es la presencia de Cristo nos parece amenaza, lo que es ayuda nos parece confusión, lo que es cercanía nos parece sombra.
Entonces Jesús pronuncia una palabra que debería ser el corazón de nuestra oración cotidiana: «Ánimo, soy yo; no tengáis miedo.»
No dice: “No hay motivo para temer”. Dice: “No tengas miedo porque estoy yo”.
La paz no nace de controlar la realidad, sino de reconocer una Presencia.
Y cuando Él sube a la barca, el viento amaina.
El Evangelio añade una frase clave: «Tenían la mente embotada.»
A veces no es la tormenta exterior la que nos hunde, sino la interior: la falta de confianza, el peso del cansancio, la rigidez de la mente, el recuerdo de lo que no entendemos.
Jesús no solo calma el mar, también desbloquea el corazón.
Hoy la Palabra nos ofrece un itinerario completo:
- Dios es Amor, y quien ama permanece en Él.
- El amor expulsa el miedo, porque donde está Dios no hay amenaza.
- Cristo se acerca a nuestras noches, incluso cuando nosotros no lo reconocemos.
- Su presencia calma los vientos, no porque desaparezcan, sino porque Él está en la barca.
- La tarea del discípulo es dejarse habitar por ese amor y convertirse en pan para otros, como ayer vimos en la multiplicación.
Y la invitación concreta de este viernes es esta: pasar del miedo a la confianza,
de la fatiga a la esperanza, de la soledad a la certeza de que Dios permanece en nosotros.
Que hoy el Señor pronuncie en tu barca esta palabra eterna: “Soy yo… no tengas miedo.” Y que nuestro amor —sencillo, concreto, cotidiano— sea la respuesta agradecida al Amor que nos sostiene. Amén
