EXAMINAD

HOMILÍA – 7 DE ENERO

«Discernir la voz de Dios y caminar en su Reino cercano»

La liturgia de este día nos sitúa en un punto precioso del tiempo litúrgico: todavía resuena la luz de la Epifanía, todavía contemplamos al Verbo hecho carne, todavía estamos de rodillas ante el Dios que se ha revelado en la fragilidad de un Niño. Y desde esa luz, la Palabra nos invita hoy a dar un paso fundamental en la vida cristiana: discernir, escuchar bien, distinguir la voz de Dios de tantas voces que circulan por el mundo.

San Juan, en la primera lectura, es muy directo: «Examinad si los espíritus vienen de Dios.» Es decir: no todo lo que brilla ilumina, no todo lo que suena bien viene del Evangelio, no toda emoción es inspiración, no toda palabra es verdad. El cristiano, especialmente después de contemplar a Jesús en Navidad, está llamado a tener un oído fino, un corazón despierto, una inteligencia espiritual que sabe distinguir lo auténtico de lo falso.

¿Y cómo se reconoce la voz de Dios? San Juan nos da la clave: «Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en la carne, es de Dios.»

Un espíritu es verdadero cuando conduce siempre hacia Jesús, hacia su encarnación, hacia su estilo de vivir, hacia su modo de amar. Todo lo que disminuye la humanidad, todo lo que niega el amor, todo lo que divide, todo lo que manipula o engendra miedo… no viene de Dios. La fe cristiana empieza y termina en esta certeza: Dios se ha hecho carne, Dios ha entrado en la historia, Dios camina en lo humano. Lo que no lleva a esa verdad, aunque parezca espiritual, no es de Dios.

Por eso Juan añade con fuerza: «Vosotros sois de Dios… porque el que está en vosotros es más fuerte que el que está en el mundo.»
Aquí nace la verdadera confianza: no en nuestras fuerzas, sino en la presencia viva del Espíritu que habita en nosotros. No estamos a merced de la confusión. No caminamos solos. El Espíritu interior nos sostiene y nos guía.

El salmo, por su parte, agranda la mirada: «Te daré en herencia las naciones.»
Es un salmo mesiánico que anuncia que el reinado del Hijo llega hasta los confines del mundo. Todo pertenece a Dios, todo está llamado a ser redimido, todo entra en el horizonte de su amor. La Epifanía que acabamos de celebrar no fue un gesto bonito para unos pocos; es la señal de que todas las naciones, todos los pueblos, todos los corazones están llamados a entrar en la luz.

Y aquí desemboca el Evangelio: Jesús comienza su vida pública proclamando la síntesis de toda su misión: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos.»

Después de la Navidad, esta es siempre la primera palabra del Evangelio: el Reino de Dios se ha acercado, el cielo toca la tierra, la luz ha comenzado a brillar en la oscuridad. No tenemos que subir a buscar a Dios; es Dios quien viene a buscarnos. Y la conversión, tal como la entiende Jesús, no es un sentimiento de culpa, ni un esfuerzo doloroso, ni una reforma exterior. Es un cambio de mirada, un giro interior para orientarnos hacia la luz que ya está cerca, hacia la presencia de Dios que ya nos roza, hacia el camino del amor que Él inaugura.

Y Mateo añade que Jesús “recorría toda Galilea”, enseñando, curando, levantando enfermos, liberando oprimidos. Es decir, el Reino no se predica solo con palabras; se muestra con obras. Donde Jesús pasa, la vida florece. Donde Él toca, la enfermedad retrocede. Donde Él mira, la dignidad renace. Por eso las multitudes le siguen: porque su presencia transforma.

Hoy, 7 de enero, justo después de contemplar a los Magos arrodillados ante el Niño, la Iglesia nos recuerda que la fe auténtica no consiste solo en contemplar la luz, sino en caminar hacia ella, dejarla entrar, permitir que transforme nuestros pensamientos, nuestras decisiones y nuestros actos.

Y la pregunta espiritual de hoy puede ser esta: – ¿Qué voces escucho más? ¿La que me lleva a Cristo o la que me aleja? – ¿Qué parte de mi vida necesita abrirse a esa palabra que proclama: “El Reino está cerca”? – ¿Dónde necesito caminar con la confianza de que “el que está en vosotros es más fuerte que el que está en el mundo”?

El Reino está cerca… tan cerca como un gesto de compasión, tan cerca como un perdón concedido, tan cerca como un paso hacia la reconciliación, tan cerca como una decisión que elige el bien.

Que esta Eucaristía nos ayude a discernir lo que viene de Dios y a caminar tras Jesús, que hoy vuelve a recorrer nuestras Galileas interiores para sanarnos, instruirnos y encender en nosotros la alegría de un Reino que ya ha comenzado.

Amén.