Homilía – 2 de enero. Memoria de San Basilio y San Gregorio Nacianceno
Queridos hermanos:
En estos días de Navidad contemplamos el misterio maravilloso de un Dios que ha venido a habitar entre nosotros. Pero la liturgia, con profunda sabiduría, nos recuerda hoy algo decisivo: no basta con haber escuchado la Buena Noticia; es necesario permanecer en ella.
San Juan lo expresa con claridad en la primera lectura: “Lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros… Esta es la promesa que Él mismo nos hizo: la vida eterna.”
La fe es una adhesión firme a la verdad que hemos recibido: Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios hecho carne, único Salvador del mundo. Por eso Juan añade una afirmación fuerte: “¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo?”
Negar a Cristo no consiste solo en teorías; se puede negar a Cristo con la indiferencia, con la tibieza, con la incoherencia, con esa manera de vivir como si Él no hubiera venido. La mentira más profunda es vivir de espaldas a la verdad de Dios.
Por eso hoy el salmo canta con fuerza: “Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios.”
Dios ha cumplido su promesa. La salvación no es una idea, tiene un rostro: Jesús. Toda la tierra está invitada a contemplarlo, a reconocerlo, a adorarlo. No hay rincón del mundo ni existencia humana que quede fuera de este anuncio.
Y el Evangelio nos sitúa ante la figura humilde y gigante de Juan el Bautista. Él no se pone en el centro. Él no se proclama imprescindible. Simplemente señala, prepara, anuncia: “Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí.”
Qué palabra tan poderosa para nuestra fe: “en medio de vosotros hay uno que no conocéis”. A veces podemos vivir rodeados de signos de Dios… sin reconocerlo. Celebramos Navidad, escuchamos el Evangelio, compartimos la Eucaristía, pero podemos no descubrir su presencia viva entre nosotros. Juan nos invita a abrir los ojos, a despertar el corazón, a mirar más allá de las apariencias. Cristo está en medio de nosotros: en su Palabra, en la Eucaristía, en la Iglesia, en los pobres, en los acontecimientos de la vida, en la historia concreta de cada día.
Hoy la Iglesia nos regala también el testimonio luminoso de San Basilio y San Gregorio Nacianceno, dos gigantes de la fe del siglo IV. No fueron creyentes “superficiales”, sino hombres que permanecieron firmes en la verdad cuando tantos se dejaban confundir. Defendieron la fe en Cristo verdadero Dios y verdadero hombre. Vivieron amistad santa, amor profundo a la Iglesia, pasión por la verdad, caridad ardiente hacia los pobres, y profunda vida espiritual. Ellos son testigos de que la verdad no se negocia, se custodia; la fe no se diluye, se fortalece; Cristo no se reduce, se proclama.
En este tiempo en que tantas voces intentan relativizar la fe, diluir la identidad cristiana o presentar “otros cristos” hechos a medida, la liturgia nos hace una llamada clara:
permaneced en lo que habéis recibido, guardad la verdad, defended la fe, vivid con coherencia.
Preguntémonos hoy:
– ¿Permanece en mí lo que escuché “desde el principio”, o he dejado enfriar el corazón?
– ¿Reconozco al Cristo que está en medio de nosotros, o vivo como si no estuviera?
– ¿Mi fe es firme, agradecida, luminosa… o acomodada, frágil, difusa?
Pidamos la gracia de Basilio y Gregorio: una fe profunda, una vida coherente, un corazón ardiente, una mente fiel a la verdad.
Que María, Madre de Dios, nos ayude a permanecer en su Hijo.
Que el Espíritu Santo nos preserve de la mentira y nos arraigue en la verdad.
Y que este nuevo año lo vivamos reconociendo, con humildad y alegría, que Cristo está en medio de nosotros.
Amén.
