!VA A ENTRAR EL REY DE LA GLORIA¡

Homilía – IV Domingo de Adviento (Ciclo A

Queridos hermanos, hemos llegado al último domingo de Adviento, casi a las puertas de la Navidad. Y hoy la liturgia nos hace repetir con fuerza la gran aclamación del salmo: “¡Va a entrar el Rey de la Gloria!” No se trata de una frase poética. Es una proclamación teológica y existencial: Dios viene. Y cuando Dios viene, nada puede permanecer igual. Su llegada no es algo decorativo ni sentimental; su venida sacude la vida, cuestiona seguridades, rompe cálculos humanos e introduce la obediencia de la fe.

La primera lectura nos coloca ante una verdad decisiva: Dios no renuncia jamás al hombre. Aunque el corazón humano calcule, dude, se encierre en sus miedos –como el rey Ajaz– Dios no abandona su proyecto de salvación. Y pronuncia la promesa más grande del Antiguo Testamento: “El Señor mismo os dará un signo: la Virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, Dios-con-nosotros.”
Este es el corazón de nuestra fe: Dios mismo viene. No envía únicamente leyes, profetas o palabras de ánimo. Viene Él. Entra en la historia. Se compromete con nuestra debilidad. Se hace carne de nuestra carne. Por eso el salmo tiene razón:
“Portones, alzad los dinteles, que va a entrar el Rey de la Gloria.”

Y entonces miramos al Evangelio y encontramos dos respuestas humanas ante esta irrupción de Dios. María, que dijo su “sí” desde la escucha profunda y disponible.
Y José, que dice su “sí” desde el silencio obediente: “José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.” José no entiende todo, pero se fía. No controla la situación, pero obedece. No camina con certeza humana, sino con confianza creyente. Y así deja entrar al Rey de la Gloria… en su casa, en su historia, en su misión.

Navidad no es refugio emocional ni recuerdo romántico. Navidad es el momento en que Dios desbarata nuestros cálculos, como los de Acaz, para introducirnos en la aventura de confiar como José y María. Es pasar del miedo a la disponibilidad.
De la lógica humana a la lógica del Espíritu. De lo que yo controlo a lo que Dios puede hacer cuando le dejo actuar.

San Pablo nos lo recuerda con una fuerza inmensa: la historia de la salvación no es un relato del pasado. Continúa hoy. El Espíritu Santo sigue obrando, sigue abriendo caminos donde nosotros solo vemos muros, sigue levantando vida donde nosotros solo vemos límites. Cristo sigue viniendo. Emanuel sigue siendo verdad: Dios con nosotros, Dios para nosotros, Dios a nuestro favor.

Entonces la gran pregunta del salmo resuena para nosotros: ¿Quién puede abrir las puertas para que entre el Rey de la Gloria? No son solo las puertas del templo. Son las puertas del corazón, de la familia, de la comunidad, de la Iglesia, de la historia personal que quizá quiere controlar demasiado.

Queridos hermanos, a punto de celebrar la Navidad, la Palabra nos invita a una decisión clara:
abrir, no cerrar;
confiar, no calcular;
obedecer, no resistir;
acoger, no protegernos.

Que María, mujer del “sí”, y José, hombre de la obediencia silenciosa, nos enseñen a decir también nosotros: “Señor, entra. Rey de la Gloria, entra. Haz tu voluntad. Haz tu obra. Haz tu Navidad en nosotros.”

Amén.