MÁS DE LO QUE ESPERAMOS

Homilía – 19 de diciembre (Adviento, ciclo A)

“Cuando Dios actúa, la vida vuelve a abrirse”

A pocos días de la Navidad, la liturgia nos conduce hoy a un lugar muy concreto del misterio: el momento en que Dios irrumpe en historias cerradas para volverlas fecundas. Las lecturas de este día no hablan todavía del nacimiento de Jesús, pero sí del modo en que Dios prepara su venida: entrando en situaciones humanas donde todo parecía ya decidido, agotado o estéril.

La primera lectura nos presenta a una mujer estéril, sin nombre, marcada por la imposibilidad de dar vida. En la mentalidad bíblica, la esterilidad no era solo una situación biológica, sino una herida existencial: parecía indicar que el futuro estaba clausurado. Y, sin embargo, precisamente ahí, en ese límite, Dios toma la iniciativa. No porque la mujer lo pida, no porque haya méritos visibles, sino porque la historia de la salvación avanza siempre por caminos de gratuidad. El hijo que nacerá —Sansón— no será fruto de una estrategia humana, sino signo de que Dios puede hacer brotar vida donde nadie la espera.

El salmo responde con una confesión de confianza profunda: “Mi boca contará tu salvación, Señor”. Cuando Dios actúa así, el creyente aprende a releer su propia historia no desde la carencia, sino desde la fidelidad de Dios. La fe madura cuando comprendemos que nuestra vida no está definida solo por lo que nos falta, sino por Aquel que nos sostiene desde el principio.

El Evangelio nos lleva a una escena paralela, pero más interiorizada. Zacarías, sacerdote justo y fiel, vive también una experiencia de esterilidad, esta vez compartida con Isabel. Son personas buenas, cumplidoras, perseverantes… y, sin embargo, su vida parece no haber dado el fruto esperado. El anuncio del ángel llega cuando ya no hay expectativas humanas. Pero aquí aparece un matiz decisivo: Zacarías escucha, pero no logra creer. No porque sea malo, sino porque la fe también tiene sus procesos, sus resistencias, sus tiempos.

Su silencio no es un castigo, sino un camino. Dios lo introduce en una pedagogía misteriosa: cuando las palabras ya no bastan, el silencio se convierte en espacio de gestación. Zacarías deberá aprender a acoger la promesa sin controlarla, a dejar que Dios actúe más allá de sus cálculos, a creer no porque “sea razonable”, sino porque Dios es fiel.

Este es uno de los grandes mensajes del Adviento: Dios viene cuando no lo esperamos, como no lo esperamos, y para hacer más de lo que esperamos. La historia de la salvación no avanza desde la autosuficiencia, sino desde la apertura humilde. Por eso, tanto la mujer de Jueces como Zacarías e Isabel nos enseñan que el verdadero obstáculo no es la esterilidad, sino el cierre del corazón.

A medida que se acerca la Navidad, la liturgia nos invita a reconocer nuestras propias esterilidades: proyectos que no fructificaron, heridas que no sanaron, cansancios acumulados, esperanzas que parecen apagadas. Y nos dice, con una delicadeza firme: Dios no ha terminado su obra. Él sigue entrando en la historia concreta, en la vida real, en lo que parece estancado, para abrir caminos nuevos.

La Navidad no será la celebración de una idea bonita, sino el anuncio de que Dios se hace carne precisamente ahí donde la vida parecía no dar más de sí. Como a Zacarías, quizá hoy no se nos pida hablar mucho, sino guardar, acoger, confiar y dejar que la promesa crezca en silencio.

Que estos días finales del Adviento nos encuentren así: no aferrados a lo que creemos imposible, sino disponibles para el Dios que hace nuevas todas las cosas. Porque cuando Dios actúa, incluso la esterilidad se convierte en lugar de salvación.