HOMILÍA – 17 de diciembre- ciclo A (Inicio de la Novena de Navidad)
Queridos hermanos:
Hoy, 17 de diciembre, la liturgia nos sitúa en un umbral decisivo del Adviento. Con este día comenzamos la Novena de Navidad y entramos en el tiempo más intenso de la espera. A partir de ahora, la Iglesia deja de hablar de la venida del Señor en términos generales y empieza a pronunciar nombres, a recorrer genealogías, a señalar rostros y promesas concretas. La salvación ya no se anuncia desde lejos: se aproxima, toma forma, entra en la historia.
Desde hoy resonarán las grandes antífonas de la O, en las que la Iglesia clama con deseo creciente: «Ven». No esperamos una idea ni un recuerdo piadoso, sino al Dios que cumple sus promesas y se hace cercano, al Dios que entra en nuestra carne, en nuestra historia real, para habitarla y salvarla.
Iniciamos esta novena no como quien cuenta los días que faltan, sino como quien afina el corazón para acoger el misterio. La Palabra que vamos a escuchar nos ayudará a reconocer que la salvación ya está en camino, y que Dios, una vez más, se adelanta a nosotros con fidelidad y misericordia.
La liturgia nos invita hoy a mirar la historia con los ojos de Dios. Una historia conducida, bendecida, orientada hacia un cumplimiento.
La primera lectura pone en nuestros labios palabras de bendición y de profecía:
«No se apartará el cetro de Judá… hasta que venga aquel a quien pertenece, y a él le rendirán homenaje los pueblos». No estamos ante una simple despedida patriarcal, sino ante una confesión de fe en el futuro. Jacob bendice mirando más allá de sí mismo. Es como si dijera: la historia no se cierra conmigo; Dios sigue escribiéndola. Adviento es precisamente esto: aprender a mirar el presente desde la promesa, y el futuro desde la fidelidad de Dios.
Jacob bendice a Judá, y en esa bendición se concentra una esperanza: de su linaje vendrá aquel que traerá la paz, aquel ante quien se inclinarán los pueblos. El Adviento nos recuerda que Dios no improvisa la salvación. La prepara pacientemente, generación tras generación, incluso atravesando conflictos, pecados y fragilidades. La historia de Judá no es ideal; es real. Y, sin embargo, es ahí donde Dios decide actuar. También hoy.
El salmo prolonga esta mirada esperanzada con un deseo profundo:
«Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente».
No es un sueño ingenuo. Es la certeza de que cuando Dios reina, la vida florece. Donde Dios es acogido, la justicia brota como fruto maduro, y la paz deja de ser un ideal abstracto para convertirse en experiencia concreta. Adviento es tiempo de ensanchar el corazón para que esa paz pueda germinar ya.
Y el Evangelio nos ofrece la clave decisiva para entender todo lo anterior. Mateo nos recuerda la genealogía de Jesús: «Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo». Aquí culmina la promesa. No con un gesto espectacular, sino con un nacimiento humilde. La larga cadena de nombres, con luces y sombras, desemboca en Jesús. Él es el esperado, el heredero, el cumplimiento. En Él, la historia encuentra su sentido último.
Este es el corazón del Adviento: Dios cumple lo que promete, aunque no siempre como nosotros imaginamos. El cetro no llega como poder que domina, sino como amor que se entrega. El rey esperado viene como niño. El heredero aparece en la fragilidad. Pero es precisamente ahí donde la promesa se hace verdadera.
Por eso, Adviento no es solo recuerdo del pasado ni simple espera del futuro. Es discernimiento del presente. Es aprender a leer nuestra propia historia —personal, comunitaria, eclesial— como lugar donde Dios sigue actuando, aunque a veces no veamos aún el final. Como Jacob, estamos llamados a bendecir mirando hacia adelante; como Israel, a esperar confiando; como la Iglesia, a reconocer que la promesa ya tiene rostro y nombre: Jesús.
En este miércoles de la tercera semana, la Palabra nos invita a no perder la paciencia ni la esperanza. A creer que Dios sigue llevando la historia hacia su cumplimiento. A vivir sabiendo que el cetro no se ha perdido, que la promesa no ha caducado, que la paz tiene un origen y un destino.
Que este Adviento nos conceda esa fe serena que sabe esperar, esa mirada creyente que reconoce los signos, y ese corazón disponible que se deja bendecir para bendecir. Porque el que tenía que venir, ya ha venido, y sigue viniendo a nuestro encuentro, hasta su venida última y definitiva
