CAMINOS INESPERADOS

HOMILÍA – lunes de la III Semana de Adviento

El Adviento avanza, y con él crece en nosotros el deseo de reconocer por dónde viene el Señor, cómo se manifiesta y qué quiere despertar en nuestro interior. Este lunes, la liturgia nos ofrece una enseñanza esencial para la vida espiritual: Dios no siempre se revela por los caminos que esperamos, pero siempre se revela con una autoridad que transforma la vida desde dentro.

La primera lectura nos presenta a un personaje sorprendente, Balaán, un extranjero, alguien aparentemente ajeno a la historia de Israel. Y, sin embargo, es él quien pronuncia una de las profecías más hermosas del Antiguo Testamento: «Lo veo, aunque no es ahora; lo contemplo, aunque no está cerca.» Dios hace hablar a quien nadie esperaba. Dios hace brotar luz desde fuera de nuestros esquemas. Dios bendice a través de una boca que había sido contratada para maldecir. La estrella que Balaán anuncia no nace desde el centro de los poderes humanos, sino desde la mirada limpia de quien, aun sin comprenderlo todo, se deja tocar por la presencia de Dios.

Esta escena abre en nosotros una pregunta necesaria: ¿permito que Dios me hable desde lugares inesperados? Tal vez una dificultad me está enseñando más que un éxito; tal vez una persona sencilla me está revelando a Dios con más pureza que los discursos elaborados; tal vez una fragilidad interior se está convirtiendo en espacio de gracia. El Adviento nos pide esta apertura: dejar que Dios desmonte nuestras previsiones para mostrarnos caminos nuevos. Su luz nunca se apaga, pero tampoco se deja encerrar en nuestros límites.

El Evangelio nos sitúa en un clima completamente distinto: los jefes de Israel se acercan a Jesús para interrogarlo. «¿Con qué autoridad haces esto?» preguntan, no para aprender, sino para controlar. No buscan la verdad, sino defender su influencia. Jesús responde con la sabiduría de quien conoce el corazón humano: les hace una pregunta que deja al descubierto su falta de sinceridad. «El bautismo de Juan, ¿de dónde venía: del cielo o de los hombres?» Ellos no responden. Temen quedar mal, temen perder prestigio, temen quedarse sin argumentos. Y así, encerrados en su propio miedo, son incapaces de reconocer la autoridad de Jesús.

La liturgia nos muestra dos maneras de situarnos ante Dios: la apertura humilde de Balaán y el miedo cerrado de los jefes del pueblo. Dios siempre se ofrece, pero no todos se abren. Dios habla, pero no todos escuchan. Dios viene, pero no todos lo reconocen. La pregunta decisiva es esta: ¿desde dónde escucho yo a Dios? ¿Desde el miedo que quiere controlarlo todo, o desde la humildad que se deja sorprender?

Porque la autoridad de Jesús no es la del dominio. No es la fuerza que se impone, ni la ley que aplasta, ni el argumento que humilla. La autoridad de Jesús se reconoce en sus obras, en lo que produce en quienes se acercan a Él: cura, levanta, perdona, libera, consuela, despierta vida. Su autoridad no nace de un título, sino de la transparencia de un amor que revela el corazón del Padre. Allí donde Cristo actúa, todo se vuelve más humano, más verdadero, más luminoso.

Por eso, reconocer su autoridad no consiste en someternos por miedo, sino en abrirnos a una transformación interior. Él tiene autoridad sobre mí cuando dejo que su Palabra ilumine mis decisiones, cuando permito que su misericordia reescriba mi historia, cuando dejo que su estilo moldee mis pensamientos, mis palabras y mis gestos. La verdadera obediencia es la que nace de un corazón seducido por el bien.

En este tercer lunes de Adviento, el Señor nos invita a caminar hacia una fe más libre y más profunda. A decirle: “Señor, quiero que tú tengas autoridad en mi vida; quiero que tu luz oriente mis pasos; quiero que tu verdad me haga humilde y que tu misericordia sea mi fuerza. El Adviento no es solo el tiempo que precede a la Navidad: es un aprendizaje continuo para reconocer la estrella que brilla incluso cuando mi cielo parece nublado. Es aprender a escuchar los susurros de Dios allí donde no hubiese imaginado que Él pudiera hablar. Es dejar que la presencia de Cristo cambie mi mirada sobre mí mismo, sobre los demás y sobre la historia.

Que el Señor nos conceda el don de la apertura interior, la audacia de la humildad y la luz para reconocer su paso. Que podamos descubrir cada día que su autoridad no pesa: transforma. Que podamos experimentar en lo hondo que la estrella anunciada por Balaán sigue brillando, y que su luz busca un camino hacia nuestro corazón.

Amén.