HOMILÍA – Martes de la I Semana de Adviento.
El Adviento continúa hoy enseñándonos a despertar, pero da un paso más: nos invita a discernir, a aprender a ver dónde está presente Dios en medio de nuestra vida, incluso cuando lo que vemos delante parece pequeño, frágil o insignificante. Isaías abre la jornada con una imagen muy hermosa: “brotará un renuevo del tronco de Jesé”. No se nos presenta un árbol poderoso, ni una obra sólida, ni una evidencia deslumbrante; se nos presenta un brote, un pequeño verdor en un tronco que parecía muerto. Y ésa es la pedagogía de Dios. Cuando Él actúa, casi siempre comienza por lo pequeño, lo callado, lo que otros despreciarían. La fe despierta cuando sabe mirar más allá de lo evidente, cuando sabe reconocer que lo pequeño puede esconder al Mesías.
El renuevo de Isaías es humilde, pero sobre él descansa la plenitud del Espíritu: espíritu de sabiduría, de entendimiento, de consejo, de fortaleza, de piedad. Lo pequeño, cuando es de Dios, está lleno de Espíritu. El mundo mide por grandezas; Dios mide por raíces. El mundo se fija en apariencias; Dios mira la fecundidad escondida. El mundo se impresiona con lo que brilla; Dios con lo que promete. Por eso, despertar no es solo abrir los ojos, sino afinar la mirada. No es solo estar consciente, sino aprender a ver como Él ve. Y el Salmo lo confirma: “que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente”. La justicia no brota de golpe; florece. La paz no cae del cielo; se cultiva. Lo de Dios crece despacio, pero con solidez. Quien despierta, aprende a distinguir estos ritmos divinos.
El Evangelio de hoy completa la enseñanza del discernimiento mostrando a Jesús lleno de alegría. No siempre vemos al Señor exultante, pero este texto nos lo muestra así: rebosante de gozo en el Espíritu. ¿Por qué? Porque el Padre ha revelado sus secretos a los pequeños, no a los sabios autosuficientes. Jesús celebra que lo decisivo de Dios no se entiende con la cabeza llena, sino con el corazón abierto. Los pequeños no son los que saben menos, sino los que están más disponibles. Los que no le ponen condiciones a Dios. Los que no necesitan grandes demostraciones para creer. Los que pueden ver un brote y reconocer un futuro. Los pequeños, como el renuevo de Isaías, tienen la frescura del Espíritu. Y por eso Jesús dice una frase que debería estremecernos: “Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis”. No porque hayan visto milagros, sino porque han reconocido al Mesías en una vida humilde y sencilla, como un brote en medio del desierto.
Hoy la Palabra nos pregunta con suavidad, pero con profundidad: ¿sé reconocer la presencia de Dios en mi vida? ¿O necesito que todo sea grande, espectacular, evidente? Si no sé ver, si solo busco lo extraordinario, me pierdo lo esencial. Quizá la pregunta clave de este martes es esta: ¿qué renuevo está brotando en mi vida y aún no he reconocido? ¿Dónde está creciendo la justicia y no lo he notado? ¿Dónde está actuando el Espíritu y sigo mirando el tronco viejo en lugar del brote nuevo?
Discernir es ver cómo Dios actúa hoy, aquí, en lo cotidiano. Y discernir requiere humildad, paciencia y ojos despiertos. A veces nuestros problemas, nuestras heridas o nuestras preguntas nos ciegan, y solo vemos troncos secos. Y, sin embargo, Dios ya está actuando discretamente en lo hondo. Basta mirar despacio, con esperanza, como quien reconoce el primer verdor de la primavera. En Adviento, Dios nos dice: “No mires solo lo que falta. Mira lo que ya está naciendo”.
Por eso, este martes es una invitación a pedir una mirada despierta y humilde, como la del centurión de ayer, como la de los pequeños del Evangelio de hoy, como la del profeta que sabe ver claridad en medio de ruinas. Que este día sea un ejercicio de contemplación interior: caminar por el mundo buscando brotes. Buscar dónde crece la paz. Buscar dónde el Espíritu está soplando. Buscar qué palabra de Jesús está llegando silenciosamente a nuestra casa, a nuestra familia, a nuestra comunidad.
Que no nos pase como a tantos en tiempo de Jesús, que miraban, pero no veían; que oían, pero no entendían. Hoy la gracia del Adviento es esta: aprender a ver dónde brota Dios.
Señor Jesús, renuevo humilde del tronco humano, abre hoy nuestros ojos para reconocer tu presencia en lo pequeño. Danos la mirada de los que saben ver brotes donde otros solo ven ruinas. Haznos humildes para acoger tus caminos, pacientes para esperar tu tiempo, y despiertos para no dejar pasar tus signos. Que en nosotros florezca la justicia y la paz que tú traes. Virgen María, mujer que supo reconocer la obra de Dios en lo pequeño, enséñanos a mirar como tú. Amén.
