HOMILÍA – I DOMINGO DE ADVIENTO (A)
El Adviento comienza siempre con una palabra que parece un sobresalto, pero que en realidad es una caricia fuerte de Dios: despertad. Lo sabemos bien: todos hemos tenido mañanas en las que cuesta levantarse, días en los que parece que seguimos dormidos, aunque estemos de pie. También nos pasa por dentro: a veces vivimos sin darnos cuenta de lo esencial, llenos de tareas, pantallas, prisas, ruidos y preocupaciones… y simplemente se nos escapa lo más importante. Pues bien, al empezar un nuevo año litúrgico, la Iglesia nos pone en la puerta y nos dice casi con una sonrisa decidida: “Venga, espabilad. Abramos las ventanas del alma. Que entre la luz. Que vuelva la esperanza”.
Las lecturas de hoy son como una ruta que se abre ante nosotros. Isaías sueña un mundo donde todos caminan hacia la luz del Señor, un mundo donde las guerras se transforman en paz y las armas se convierten en herramientas para cultivar vida. El Salmo, que hemos cantado, traduce ese sueño en alegría: “Vamos a la casa del Señor”. Es como decir: estamos en camino, no nos quedamos en lo mismo de siempre. San Pablo, con ese tono suyo un poco brusco y directo, nos despierta como un padre que abre las cortinas y dice: “La noche está avanzada, el día se echa encima. Es hora de levantarse”. Y Jesús, en el Evangelio, añade la advertencia que completa el cuadro: “Estad en vela”. No porque venga algo malo, sino porque la vida está llena de visitas de Dios, y podemos no darnos cuenta.
Los textos que has compartido, y que nos iluminan la lectura de hoy, lo dicen con viveza: existe un sueño del alma. Se puede estar dormido incluso mientras uno hace muchas cosas, incluso mientras trabaja, estudia, sirve en la parroquia o cuida de la familia. Hay un sueño que es distracción, rutina, prisa; un sueño que hace que los cristianos no se enteren de lo que Dios está haciendo ahora mismo. Y hay otra forma de dormir que es incluso más peligrosa: la de quienes corren sin parar, pero sin caer en la cuenta de lo esencial. En los días de Noé —dice Jesús— la gente vivía ocupada en lo de siempre, y no se dieron cuenta. En otras palabras: no es que fueran malos, es que estaban dormidos. Y dormirse espiritualmente significa no ver a Dios pasando por tu propia vida.
Por eso, este Adviento no nos invita a una actividad frenética ni a un miedo repentino, sino a despertar por amor. Porque el que viene no es un juez que quiere sorprendernos, sino el Señor que quiere encontrarnos despiertos para darnos vida. La espiritualidad del Sagrado Corazón nos ayuda a entenderlo: el Corazón de Jesús no duerme. Está siempre abierto, latiendo por nosotros, atento a cada uno. Es la vigilia más hermosa: un amor que no se cansa, que no baja los brazos, que no se acostumbra a nuestro dolor ni a nuestras sombras. Despertar es simplemente abrir de nuevo el corazón para dejarnos tocar por ese amor.
¿Y qué significa despertar concretamente? Significa volver a mirar nuestra vida con la luz de Dios. Preguntarnos qué cosas nos adormecen: tal vez la rutina de todos los días, tal vez las discusiones pequeñas que dividen a las familias, tal vez el móvil que absorbe más tiempo del que quisiéramos, tal vez la prisa que nos impide hablar con calma, tal vez ese rencor escondido o ese cansancio que nos quita la alegría. Despertar también significa darnos cuenta de que Cristo viene ahora, hoy, en este Adviento, en cada momento: en un gesto de cariño de un hijo, en una conversación honesta, en una reconciliación, en un silencio de oración, en una Eucaristía vivida con atención. Significa, sobre todo, dejar de correr sin rumbo y empezar a caminar hacia la luz, como Isaías soñó, como el salmista cantó, y como Jesús nos invita a hacer.
Tal vez algunos se preguntan: “¿Y cómo despierto? ¿Cómo empiezo?”. No hace falta nada extraordinario. Solo una decisión sencilla: abrir los ojos del corazón. Tal vez rezar brevemente en familia; tal vez volver a decir un “te quiero” o un “perdón”; tal vez detenerse un minuto antes de acostarse para preguntarse dónde he visto hoy al Señor. No se trata de hacer muchas cosas, sino de hacer lo esencial con amor. Este Adviento no busca que lleguemos cansados a Navidad, sino que lleguemos despiertos: más atentos, más disponibles, más serenos, más capaces de ver el paso de Dios en lo cotidiano.
Cuando dentro de unos minutos acerquemos al altar el pan y el vino, podemos entregar también nuestro propio sueño: nuestros cansancios, nuestras heridas, nuestras distracciones, nuestras prisas. Ofrecer al Señor nuestras “zonas dormidas”, aquellas partes de la vida que se han enfriado, para que Él las toque con su luz. Y pedirle que este tiempo de Adviento sea para toda la comunidad —para nuestros niños, para las familias, para los mayores— un verdadero despertar del corazón.
Porque la Palabra de hoy, en el fondo, nos dice tres cosas muy sencillas y muy grandes: la primera, que Dios viene; la segunda, que su venida es luz, no miedo; y la tercera, que vale la pena estar despiertos para reconocerle. Que el Señor nos conceda vivir este Adviento con un corazón en vela, con un amor despierto, con la esperanza renovada. Y que la Virgen María, mujer del Adviento y madre de la espera confiada, nos acompañe, nos guarde y nos enseñe a mantener encendida la lámpara del corazón mientras caminamos hacia la Navidad. Amén.
