HOMILÍA – VIERNES XXXIV T.O. (Año impar) “A Él se le dio poder, honor y reino”
Al acercarnos al final del año litúrgico, la Palabra de Dios nos conduce a un lugar muy particular: al corazón de la historia, allí donde los imperios se levantan y se derrumban, donde el mal parece sacar fuerza del caos, donde el mundo tiembla… pero donde Dios permanece. Y lo hace a través de dos imágenes que se responden mutuamente: la visión majestuosa de Daniel y la higuera que brota en labios de Jesús.
Daniel contempla el mar embravecido del que surgen cuatro bestias. Es el símbolo más crudo del mal: fuerzas anónimas, violentas, que avanzan sin escrúpulos, configurando aquello que llamamos “la historia de los hombres”. Pero, sobre ese fondo siniestro, irrumpe una figura inesperada: “uno semejante a un hijo de hombre” que viene entre nubes, serenamente, sin violencia, sin el estruendo de los imperios. Mientras las bestias rugen abajo, el Hijo del hombre recibe de manos del “Anciano” poder, honor y reino, un reino eterno que no será destruido jamás. Daniel está diciendo algo decisivo: el mal podrá tener su hora, pero Dios tiene la eternidad; los imperios cambian, pero el Reino no pasa; la historia se agita, pero no se desordena.
El Evangelio de hoy recoge ese mismo latido, pero lo traduce al lenguaje cotidiano de los discípulos: una higuera que comienza a brotar. Jesús nos invita a mirar un gesto diminuto, casi imperceptible, y descubrir en él una clave de lectura espiritual: cuando los brotes aparecen, el verano está cerca. Así también —dice Él— cuando veamos ciertos signos en la historia, en la Iglesia, en la propia vida, aprendamos a discernir la cercanía del Reino de Dios. No para temer, sino para confiar. No para replegarnos, sino para despertar.
Y entonces pronuncia la frase que atraviesa el Evangelio como una luz firme: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” Todo lo visible, todo lo que nos inquieta, todo lo que hoy parece definitivo… pasará. Pero la Palabra no. Esa es la roca donde se apoya la esperanza cristiana.
Por eso, la liturgia de hoy no nos invita a mirar los derrumbes, sino los brotes. No nos pide que fijemos los ojos en las bestias del caos, sino en el Hijo del hombre. No quiere que quedemos atrapados en la noche, sino atentos al primer resplandor del día. La historia actual —con su mezcla de belleza y violencia, progreso y heridas, guerras y gestos de humanidad— no es un libro cerrado, sino un campo donde germina silenciosamente el Reino.
Y aquí llega la aplicación más honda para nuestra vida: No te dejes dominar por el miedo. Hay noticias que sacuden, problemas que angustian, incertidumbres que desgastan. Pero ninguno de ellos tiene la última palabra. Ninguna bestia maneja el destino final. La historia está en manos de Dios.
Aprende a leer los signos del Reino. Entre las grietas del mundo hay brotes: una oración que resiste, un perdón que nace, una generosidad inesperada, una reconciliación buscada, una fidelidad silenciosa. A veces lo más pequeño es lo más profético.
Aférrate a la Palabra. No a los estados de ánimo, no a las apariencias, no a lo que pasa. A la Palabra. Ahí está la estabilidad que el corazón busca. Ahí está el “verano” que se acerca, aunque las ramas parezcan secas. La Palabra permanece donde todo se mueve. La Palabra ilumina donde todo oscurece. La Palabra sostiene cuando todo falla.
El “Hijo del hombre” sigue viniendo a nosotros en cada Eucaristía, en cada gesto de amor, en cada lucha interior por la fidelidad, en cada decisión que elige la verdad frente al mal. Él es —para cada uno de nosotros— la higuera que anuncia la primavera y el Rey cuyo reino no será destruido.
Ofrenda del pan y del vino
Señor Jesús, traemos hoy los brotes que Tú mismo has hecho nacer: los deseos de conversión, las búsquedas sinceras, los gestos de amor que parecen pequeños
pero que Tú miras como semillas de Reino. Recibe este pan y este vino, y haznos capaces de leer tu paso en nuestra historia. Que tu Palabra sea la roca donde apoyamos nuestro corazón mientras esperamos el verano de tu Reino.
Oración conclusiva
Hijo del hombre,
Rey eterno y Señor de la historia,
que tu Palabra permanezca donde todo pasa,
que tu luz brille donde el mundo oscurece,
que tu Reino crezca silencioso en nuestras vidas.
Haznos atentos a tus brotes,
firmes en la esperanza,
valientes ante el miedo
y humildes ante el misterio.
Y que María, mujer de escucha y de espera,
nos enseñe a reconocer en cada signo
la cercanía de tu Reino.
Amén.
