SIGUE EL BUEN CAMINO

LECTIO DIVINA jueves XXXIII del Tiempo Ordinario – Año Impar

1. Lectio – ¿Qué dice la Palabra?

La liturgia de hoy nos coloca en un momento decisivo del camino:

  • En 1 Macabeos 2,15-29, la fidelidad de Matatías y de quienes se mantuvieron firmes contrasta con la cómoda renuncia de muchos israelitas que se “acomodaron” a las costumbres paganas para estar tranquilos. Pero Matatías proclama: “Viviremos según la alianza de nuestros padres.”
  • El salmo 49 nos recuerda que la salvación pertenece al que “sigue el buen camino”, al que ofrece acción de gracias y deja que Dios purifique su vida. Es una brújula espiritual: “Al que sigue el buen camino le haré ver la salvación de Dios.”
  • En el Evangelio (Lc 19,41-44), Jesús llega a Jerusalén… y llora. Lamenta que el pueblo no haya reconocido “lo que conduce a la paz” y añade la frase más dolorosa: “No reconociste el tiempo de tu visita.”

La Palabra dibuja un itinerario claro: fidelidad, discernimiento, apertura… o ceguera, comodidad y cierre.


2. Meditatio – ¿Qué me dice la Palabra?

Esta Palabra no nos habla del pasado: nos habla del hoy espiritual de cada uno.

“No reconociste el tiempo de tu visita.” Es una frase que atraviesa la conciencia.
¿Cuántas veces Dios pasa y yo no me entero?

Dios visita cuando toca la conciencia, cuando pone inquietud, cuando muestra una verdad incómoda, cuando abre una posibilidad de reconciliación, cuando inspira un cambio que yo resisto.

Jericó, el ciego, Zaqueo… y ahora Jerusalén. La escena de hoy está en continuidad con todo el itinerario de estos días:

  • El ciego gritó para ver.
  • Zaqueo subió, corrió, bajó, abrió.
  • Hoy Jesús nos pide perseverar en la luz recibida.

La fidelidad de los Macabeos nos pregunta: ¿Me estoy acomodando para “vivir tranquilo” … a costa de vivir vacío?

El salmo nos pregunta: ¿Sigo el buen camino… o camino según mis luces, mis prisas, mis miedos?

El llanto de Jesús nos pregunta: ¿Qué puertas de mi vida siguen cerradas?

La Palabra es, hoy, una llamada a despertar, a vivir atentos, a no acostumbrarnos a una fe sin dinamismo, a no refugiarnos en la comodidad espiritual.

La paz que Jesús ofrece es un fruto de la conversión interior, de abrirle la puerta antes de que el corazón se endurezca, de permitir que Él reordene lo que yo no puedo.


3. Oratio – ¿Qué le digo yo al Señor?

Señor Jesús,
muchas veces pasas y no me doy cuenta;
muchas veces me visitas y yo estoy distraído,
ocupado en mis seguridades o encerrado en mis miedos.

No permitas que mis puertas sigan cerradas.
Despiértame para reconocer tu presencia,
tus llamadas, tus silencios, tus urgencias.

Enséñame a seguir el buen camino,
a vivir fielmente la alianza,
a dejar que tu verdad pacifique mi corazón.

Que nunca llores sobre mi Jerusalén;
entra en mí, ilumíname, ordéname,
y hazme capaz de acoger tu paz.
Amén.


4. Contemplatio – ¿Qué me hace saborear esta Palabra?

Permanece un momento en silencio ante Jesús que llora sobre Jerusalén.
Contempla su rostro… no de ira, sino de ternura herida.
Siente su dolor por ti, no contra ti.

¿En qué parte de mi vida estoy resistiendo su visita?

¿Qué puerta quiere Jesús que abra hoy?

¿Qué luz recibí en estos días (ciego, Zaqueo, Jericó) que hoy estoy llamado a profundizar?

Deja que la paz que viene de su mirada detenga tus ruidos interiores.


5. Actio – Vivir la Palabra

  • Vigila tu interior: no te acostumbres a vivir sin escucha.
  • Recupera la fidelidad: oración concreta, caridad concreta, un acto concreto de entrega.
  • Deja que Dios te muestre el camino: antes de decidir, ora; antes de hablar, silencia; antes de actuar, discierne.
  • Abre una puerta cerrada: perdona, reconcilia, confía, suelta, reza, pide ayuda.
  • Haz hoy un gesto de paz: una visita, una palabra, un mensaje, un silencio, una renuncia.

La paz de Cristo no nace de las circunstancias; nace de las puertas que abrimos.