NUESTRA RESPUESTA

Homilía para el sábado de la XXXII Semana del Tiempo Ordinario (Ciclo Impar),

Hermanos:

Las lecturas de este sábado son una sinfonía de memoria, confianza y perseverancia. La Palabra nos sitúa entre la historia pasada de la salvación —que Israel recordaba como fuente de gratitud y fe— y el desafío del presente, donde se nos invita a orar sin cesar y a sostener la esperanza hasta el final.

No son ideas nuevas, pero quizás hoy necesitamos volver a ellas con más urgencia que nunca: la gratitud que se convierte en alabanza, la fidelidad de Dios que no se borra, y la fe que no se rinde, aunque el mundo parezca dormido o incrédulo.

El libro de la Sabiduría nos recuerda uno de los momentos más luminosos de la historia bíblica: la noche del Éxodo, cuando el pueblo esclavo fue liberado bajo la guía de un Dios que nunca olvida sus promesas. Aquella noche, dice el texto, “tu palabra omnipotente desde el cielo real vino como un guerrero implacable”. Pero no para sembrar muerte, sino para liberar, para abrir caminos en el mar, para conducir a su pueblo con alegría y hacerle cruzar “a pie firme” el abismo de la historia.

La fe del pueblo nació de esa experiencia: haber sido salvados. Por eso, el salmo de hoy canta: “Recordad las maravillas del Señor… sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo.”

El creyente no puede olvidar. Porque recordar no es solo evocar el pasado: es reavivar la confianza, alimentar la fidelidad, y reconocer —una vez más— que Dios no abandona nunca. Que incluso en los silencios más largos o en los desiertos más secos, su Palabra avanza como luz que atraviesa la noche.

Y sin embargo, la vida cansa. La fe se desgasta. El mundo cambia deprisa, y a veces el corazón se enfría. Por eso el Evangelio de Lucas nos lleva a lo esencial, con esa parábola sencilla y provocadora de la viuda insistente. Jesús no la presenta como modelo de piedad, sino de perseverancia terca. De esa fe que no se rinde, que vuelve cada día a llamar, a suplicar, a esperar… no porque Dios sea un juez insensible, sino porque la fe necesita tiempo, necesita fidelidad, necesita lucha.

Jesús lo dice con claridad: “Orad siempre, sin desfallecer.” “Y, cuando venga el Hijo del Hombre… ¿encontrará esta fe en la tierra?”

Aquí está el núcleo del mensaje: no basta orar alguna vez. No basta confiar cuando todo va bien. No basta recordar a Dios en tiempos difíciles como quien acude a un último recurso. El camino cristiano es una fe constante, diaria, perseverante, que se alimenta de oración humilde y de memoria agradecida.

Y aquí estamos nosotros, en este cruce de caminos: ✔ Entre las maravillas que recordamos y las pruebas que enfrentamos. ✔ Entre lo que ya hizo Dios y lo que aún no ha sucedido. ✔ Entre la Palabra que nos sostiene y el silencio que a veces desconcierta.

En medio de todo, nuestra respuesta sigue siendo la misma: Orar. Confiar. Esperar. Caminar. No somos héroes, ni perfectos. Pero sí somos testigos de la fidelidad de Dios. Y eso basta para no desfallecer.

Hoy, Señor, queremos ofrecerte nuestra memoria agradecida, nuestro corazón cansado, nuestra fe frágil pero fiel. Te presentamos nuestros silencios, nuestras esperas, nuestras oraciones a veces sin palabras. Recibe, junto al pan y el vino, la historia de nuestro pueblo —la fe de nuestros padres, las lágrimas de nuestros hermanos, la esperanza de los niños— y haz de todo ello un canto de victoria que cruce el desierto y anuncie la Pascua que tú nunca dejas de preparar.

Oración conclusiva

Señor de la historia,
Dios de la alianza,
haz que no olvidemos nunca tus maravillas.
Sostén nuestra fe en los días largos,
enciende nuestra oración cuando la noche sea densa,
haznos fieles como la viuda del Evangelio
y alegres como los que salieron de Egipto.

Que al recordar tus obras
aprendamos a confiar.
Y que al confiar
sepamos esperar.

Y si un día, cansados, nos detenemos,
búscanos tú como siempre lo haces,
recuérdanos quién eres,
y que nunca nos falte la alegría de saber
que tú sigues caminando con nosotros.

Amén.