HOMILÍA – viernes de la 32ª Semana del Tiempo Ordinario (Año Impar)
Sabiduría 13,1-9; Salmo 18; Lucas 17,26-37
Hermanos
A veces caminamos por la vida como si todo lo que vemos fuera simplemente parte del decorado. La belleza del cielo, la delicadeza de una flor, la armonía de un gesto bondadoso, la luz de una mirada limpia… nos rodean sin que nos demos cuenta de que, en todo eso, Dios nos está hablando.
La liturgia de este viernes se enlaza maravillosamente con la del día anterior. Si ayer la Palabra nos invitaba a abrir los ojos del corazón para descubrir la Sabiduría divina como luz que transforma, hoy se nos interpela con más urgencia todavía: ¿Cómo es posible que, rodeados de tanta belleza, no reconozcamos al Creador?“Son necios por naturaleza todos los hombres que no conocieron a Dios por los bienes visibles, ni reconocieron al artífice, fijándose en sus obras” (Sab 13,1).
Este pasaje del libro de la Sabiduría nos golpea con la verdad: el mundo está lleno de huellas de Dios, pero no basta con tener ojos físicos para verlas. Hace falta otra mirada. Una mirada creyente. Una mirada que sepa ir más allá de la superficie.
Es una ceguera muy común: la del que se detiene en la criatura y olvida al Creador; la del que admira la obra sin preguntarse por el Autor. En el fondo, es la tragedia de una espiritualidad dormida. El cielo proclama, pero… ¿quién escucha?
El salmista canta con belleza esta idea: “El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos… sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón” (Sal 18).
La creación habla sin palabras. Proclama sin micrófonos. El lenguaje de Dios no siempre resuena en las estridencias, sino en la armonía silenciosa de lo real. Dios no deja de hablarnos, pero a menudo nosotros no sabemos escuchar.
No es que Dios esté lejos. Es que nosotros hemos dejado de estar cerca. La creación no es un capricho estético. Es revelación. Es epifanía diaria de la presencia del Eterno. Pero hace falta una actitud interior de asombro, de humildad, de contemplación… para poder ver lo invisible a través de lo visible.
Jesús, en el evangelio de hoy, retoma esta misma enseñanza con una advertencia inquietante. Habla de los tiempos de Noé y de Lot, y cómo todos vivían su vida con aparente normalidad: comían, bebían, se casaban, trabajaban… y no vieron venir el momento decisivo. “Así sucederá el día en que se manifieste el Hijo del Hombre” (Lc 17,30). Y concluye con una imagen desconcertante: “Donde esté el cadáver, allí se reunirán los buitres.” (Lc 17,37)
¿A qué se refiere Jesús con esta expresión? Es una forma proverbial de decir que el momento final llegará con claridad, sin ambigüedad, y que cada uno será atraído hacia lo que ha alimentado su vida. Como los buitres detectan sin error la presencia de un cuerpo muerto, así también la verdad de cada vida quedará a la vista.
Es una llamada a la vigilancia interior. Porque el Reino no vendrá con espectacularidad. El Reino ya está, y está en lo que muchos consideran “normal”: en el tiempo que vivimos, en la historia que habitamos, en las pequeñas fidelidades de cada día.
Esta es la gran conversión que nos propone la Palabra de Dios en estos días: cambiar la mirada. Porque aprender a ver es aprender a vivir. Dejar de vivir en automático. Aprender a ver lo que realmente importa. Reconocer en la luz de una mañana, en la generosidad silenciosa de alguien, en el susurro de la conciencia, la presencia de un Dios que nos busca.
Y al mismo tiempo, es una invitación a vivir con admiración.
No una admiración superficial, sino honda, agradecida, activa. La admiración que nos hace descubrir en cada cosa una huella de lo eterno. Porque la fe no se alimenta solo de argumentos, sino también de asombros. Y en un mundo tan saturado de imágenes, volver a admirarnos puede ser el primer paso de la conversión.
Conclusión
Si hoy miras el cielo y no descubres a Dios, detente. Si ves belleza y no te lleva al Creador, espera. Si el Reino de Dios no te dice nada en tu día a día, cambia la mirada.
Dios no ha dejado de hablarnos. Pero, somos nosotros quienes hemos dejado de ver. Que el Espíritu nos despierte del letargo, nos limpie los ojos del alma, y nos devuelva la capacidad de ver lo invisible en lo visible, de descubrir al Eterno en lo cotidiano, y de vivir cada día como una epifanía de su amor.
Amén.
