EL SEÑOR DE MI VIDA

Homilía – sábado de la 31ª semana del Tiempo Ordinario – Año impar Rom 16,3-9.16.22-27 · Sal 144 · Lc 16,9-15

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este sábado nos invita a mirar con ojos limpios y corazón sincero nuestra vida concreta: cómo administramos nuestros bienes, nuestro tiempo, nuestras relaciones, nuestras responsabilidades… Y lo hace desde dos perspectivas profundamente unidas: la de la fidelidad en lo pequeño y la del amor auténtico y transparente ante Dios.

Jesús, en el Evangelio, no juega con ambigüedades:  «El que es de fiar en lo menudo, también lo es en lo importante». Y añade algo aún más exigente:
«No podéis servir a Dios y al dinero».

Esta frase, que tantas veces hemos oído, nos sitúa frente a una pregunta fundamental: ¿Quién es el verdadero Señor de mi vida? ¿A quién sirvo con mis decisiones, con mi estilo de vida, con mis aspiraciones?

San Pablo, por su parte, al finalizar su carta a los Romanos, nos deja una lista entrañable de nombres: Priscila y Aquila, Epéneto, María, Andrónico, Junias, Ampliato, Urbano, Estaquis… Hombres y mujeres con rostro y con historia. No son apóstoles famosos ni mártires conocidos. Son fieles en lo pequeño, servidores del Evangelio en sus comunidades, en sus casas, en la vida ordinaria. Algunos sufrieron por Pablo. Otros le abrieron sus hogares. Otros simplemente fueron trabajadores incansables. Pero todos formaron parte de la gran obra de Dios.

Pablo los nombra porque los lleva en el corazón. Porque en la Iglesia, nadie es insignificante. En el Reino, no hay tareas menores, ni méritos inútiles, ni servidores invisibles. Hay amor fiel y silencioso. Hay corazones que aman a Dios en las cocinas, en los pasillos, en los desvelos de cada día.

Jesús nos lo dice sin rodeos: “No podéis servir a dos señores” Y el Señor no se refiere solo al dinero como billetes o cuentas bancarias. Habla del poder del tener, del deseo de controlar, de la sed de aparentar, de esa falsa seguridad que a veces buscamos fuera de Dios.

“No podéis servir a Dios y al dinero” significa: No podéis tener el corazón dividido. Porque al final, el corazón no se parte por la mitad. Se entrega entero o no se entrega.

Y eso nos lleva a otro mensaje fuerte del Evangelio de hoy: “Dios conoce vuestros corazones”.
Los hombres se fijan en lo de fuera, en la apariencia, en el éxito. Pero Dios mira el corazón, y ahí descubre si somos verdaderamente suyos o no.

¿Y qué significa que Dios mire el corazón? Significa que valora nuestras intenciones, nuestra fidelidad silenciosa, nuestra capacidad de amar sin esperar recompensa. Y también significa que no se deja engañar por una religiosidad de fachada, por las apariencias piadosas vacías de misericordia.

Hoy, mirando a esta lista de nombres que nos deja san Pablo, podríamos pensar en nuestras comunidades: quiénes son esas personas que, sin ruido, hacen posible que la fe se transmita, que el Evangelio se encarne, que la Iglesia sea casa y familia.

Cada parroquia, cada comunidad, cada familia cristiana, tiene sus Priscilas y Aquilas, sus Marías, sus Andrónicos y Junias… Personas que no se destacan por grandes discursos, sino por una vida entregada con humildad.

Son los que sirven, aunque nadie les aplauda. Los que cuidan a los enfermos. Los que acompañan en el dolor. Los que rezan cuando nadie los ve. Los que sostienen la vida eclesial con su presencia fiel, semana tras semana. Ellos son la gloria de Dios en la tierra.

Y eso es lo que el Señor nos pide: ser fieles en lo pequeño. Ser honestos con lo que se nos ha confiado. Poner nuestros bienes, nuestros talentos y nuestro tiempo al servicio del Reino, no de nosotros mismos.

Hoy, al acercarnos al altar, ofrecemos lo que somos y tenemos. Quizá no es mucho, pero es verdadero. El pan y el vino que ponemos sobre el altar representan nuestro deseo de vivir con un corazón indiviso, que sirva solo a Dios, que no se venda por nada ni por nadie.

Que nuestra vida, como la de tantos nombres pequeños del Evangelio, sea una ofrenda viva, santa y agradable al Señor. No importa si el mundo no nos aplaude: lo que importa es que Dios mire nuestro corazón y sonría.

Conclusión orante

Señor Jesús, Tú que conoces nuestro corazón mejor que nosotros mismos, haznos sencillos y fieles en lo pequeño, limpia nuestro deseo de tener, aparentar o controlar, y danos un corazón indiviso, pobre de espíritu, que solo te sirva a Ti, nuestro único Señor.

Haznos, como Pablo, colaboradores del Evangelio. Haznos, como aquellos primeros creyentes, hombres y mujeres que construyen Iglesia en lo oculto,
en la casa, en el trabajo, en la oración, en la entrega cotidiana.

María, Madre de los humildes, enséñanos a vivir con autenticidad, a servir sin ruido, a entregar sin medida, y a guardar en el corazón las cosas de Dios con la fe viva que transforma la vida.

Amén.