Homilía – Viernes de la 31ª semana del Tiempo Ordinario – Año impar. Rm 15,14-21 · Sal 97 · Lc 16,1-8 FI
Hoy, la Palabra de Dios nos sitúa ante una llamada a la responsabilidad cristiana vivida con sabiduría y entrega total. San Pablo, en su carta a los Romanos, se presenta como ministro del Evangelio, consciente de que todo lo que ha hecho ha sido gracia y mandato de Dios, no mérito propio.
En el Evangelio, Jesús nos sorprende con una parábola incómoda: la del administrador astuto, que parece aplaudir una conducta dudosa. Pero Jesús no justifica la corrupción, sino que nos invita a mirar más allá: alaba la inteligencia práctica, la capacidad de actuar con rapidez y sagacidad, la urgencia por actuar antes de que sea tarde.
El evangelio termina con esta frase clave: “Los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz”.
Jesús nos está diciendo: la fe también necesita inteligencia, creatividad, visión, audacia. El Reino de Dios no se construye solo con buena voluntad, sino con personas despiertas, fieles y comprometidas.
San Pablo nos ofrece hoy una preciosa imagen de su ministerio: “El me hizo ministro de Cristo Jesús para los gentiles, para que fuera una ofrenda grata, santificada por el Espíritu”.
Evangelizar es ofrecer al mundo una ofrenda santa. No se trata de decir palabras religiosas, sino de ofrecer vidas transformadas. Pablo no se jacta de sí mismo, sino de lo que Cristo ha hecho a través de él. Su meta es llevar a todos los pueblos hacia el Evangelio, no para gloria personal, sino por obediencia al Espíritu.
El Evangelio nos pide, entonces, una responsabilidad confiada que debe ser administrada con fidelidad y con pasión. Como dice el Papa Francisco: “No somos administradores del poder, sino servidores del Reino. Y el Reino se sirve con corazón, con humildad y con inteligencia”.
La parábola del administrador infiel es provocadora porque nos obliga a preguntarnos:
¿Con qué pasión cuido yo el tesoro del Evangelio que me ha sido confiado?
¿Pongo el mismo empeño que otros ponen en hacer negocios, alcanzar metas humanas o defender sus propios intereses?
Jesús no alaba el engaño, pero sí la urgencia, la astucia, la visión de futuro. Nos llama a que los cristianos no seamos ingenuos, ni perezosos, sino creativos en el amor, decididos en la misión y responsables con los dones recibidos.
Apliquemos esta Palabra a nuestra vida:
- ¿Cómo gestionamos el tesoro de la fe que nos ha sido confiado? ¿Somos administradores buenos o negligentes?
- ¿Nos dejamos arrastrar por la rutina, o buscamos caminos nuevos para vivir y transmitir el Evangelio?
- ¿Ponemos la inteligencia, el tiempo, los talentos, la palabra, los vínculos al servicio del Reino, o los dejamos dormidos?
Hoy necesitamos creyentes lúcidos, con fe firme pero no rígida, con corazón orante pero no encerrado, con caridad activa pero no tibia.
San Pablo actuaba con pasión misionera porque sabía que el Evangelio no puede esperar, porque Cristo ya ha venido y ha confiado a cada uno su parte en la misión.
¿Y nosotros? ¿Somos “hijos de la luz” que viven con sabiduría y prontitud, o creyentes adormecidos por la inercia?
El administrador infiel al menos tuvo una virtud: despertó cuando supo que el tiempo se acababa. ¿Cuánto más nosotros, que tenemos la verdad del Evangelio y la gracia del Espíritu?
Ahora, al acercarnos al altar í traemos nuestra disponibilidad. Presentamos el pan y el vino como símbolo de nuestra vida entera: — nuestra fe quizás frágil, — nuestra vocación quizás cansada, — nuestras decisiones aún pendientes, — nuestro deseo de vivir con fidelidad y creatividad.
Le decimos al Señor: haznos administradores buenos y fieles, que sepamos ofrecer la vida como una ofrenda agradable a Dios.
Conclusión orante
Señor Jesús,
nos llamas a cuidar y hacer crecer el Reino que nos has confiado.
No permitas que vivamos distraídos ni indiferentes.
Despierta en nosotros la pasión por el Evangelio,
el amor por tu Iglesia,
el deseo de darte gloria con nuestras decisiones.
Como Pablo, haznos ministros tuyos,
no por mérito, sino por gracia.
Y como el administrador de tu parábola,
concédenos actuar con prontitud, con inteligencia y con fe.
Que no dejemos dormir los talentos,
que no guardemos el Evangelio en un cajón,
que no posterguemos más lo que sabemos que debemos hacer.
María, Madre y Señora,
enséñanos a vivir con prontitud, fidelidad y audacia.
Tú que guardaste la Palabra en el corazón
y la ofreciste al mundo con valentía,
intercede por nosotros,
para que sepamos dar frutos que permanezcan.
Amén.
