UN AMOR QUE BUSCA Y NO SE CANSA

Homilía – Jueves de la XXXI Semana del Tiempo Ordinario (Año impar)  Lecturas: Rm 14,7–12 / Sal 26 / Lc 15,1–10 “Somos del Señor: la alegría de Dios es encontrarnos”

 El evangelio de hoy, con la imagen del pastor que deja las noventa y nueve ovejas por una, y de la mujer que enciende la lámpara y barre su casa hasta encontrar la moneda perdida, no es solo un texto tierno. Es profundamente subversivo. Porque rompe con la lógica de los números, de los méritos, de lo racionalmente rentable. En Jesús, Dios nos muestra que cada uno tiene un valor infinito, único, intransferible. Y por eso la salvación es también personal, porque cada uno —como nos ha recordado san Pablo— “dará cuenta de sí mismo ante Dios” (Rm 14,12).

San Pablo comienza afirmando una verdad de peso: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo. En la vida y en la muerte, somos del Señor.

Nuestra vida no es autónoma, no es una posesión que gestionamos desde la autosuficiencia: Pertenecemos a Otro, a Aquel que nos amó primero. Como dirá también el mismo Pablo en otro lugar: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20). Es decir: yo valgo tanto, que Dios mismo ha querido entregarse por mí. ¡Qué libertad nace de saberme amado así!

Y esa libertad verdadera viene de vivir desde una identidad relacional: soy de Dios. Y si soy suyo, entonces cada instante de mi vida, hasta el último aliento, está lleno de sentido.

A la luz de este amor eterno e incondicional, el Evangelio de Lucas nos muestra el corazón de Dios en acción: un pastor que busca sin descanso, una mujer que no se resigna a la pérdida, un cielo que se alegra con la conversión de uno solo. Es decir: yo no soy “uno más” para Dios. Soy único, irrepetible, amado como si fuera el único. La salvación, entonces, una alegría compartida por el regreso de los que habían perdido el camino, y han vuelto.

En un mundo que nos clasifica por productividad, edad, imagen o éxito, la Palabra de Dios nos dice hoy: “Cada uno dará cuenta de sí mismo a Dios.” Nadie es más ni menos en el corazón del Padre. Cada uno, con su historia, su debilidad, su proceso, su herida… es llamado a responder al amor de Dios. Un amor que no se impone, pero que busca. Que no exige, pero que transforma.

El evangelio de hoy se dirige especialmente a todos los que alguna vez han pensado: “Yo ya no valgo para Dios”, “a estas alturas no puedo cambiar”, “yo no soy como los demás”. Y también a quienes se han acomodado en su religiosidad externa, pensando que no necesitan cambiar nada.

Jesús habla a los fariseos que se escandalizan de que Él se acerque a los pecadores. “¡Alegraos conmigo, he encontrado lo que se me había perdido!”

¿Tenemos nosotros esa alegría de Dios en el corazón? ¿Nos alegramos por el bien del otro, por el que vuelve, por el que cambia? Y más aún: ¿permitimos que Dios nos encuentre cuando nos perdemos? ¿O seguimos escondidos tras excusas, apariencias o rutinas vacías?

Quien se sabe pecador, se sabe necesitado. Y quien se sabe necesitado, se deja encontrar. La gran enfermedad espiritual de nuestro tiempo es el pecado de  soberbia que lo niega. Como decía san Agustín: “Gran miseria es el hombre soberbio, pero más grande es la misericordia de Dios humilde.”

Hoy, más que nunca, la Iglesia necesita recuperar el gozo del Evangelio: el de un Dios que salva, que perdona, que abraza, que sale a buscar. Y también el gozo de ser comunidad que acoge, que se alegra, que acompaña, que nunca deja de esperar un regreso.

Al presentar el pan y el vino, llevemos nuestra verdad: lo que somos. Y pongamos sobre el altar nuestras monedas perdidas, nuestras ovejas extraviadas, sabiendo que Dios no se cansa de salir a buscarnos.

Ofrecemos también el deseo profundo de no vivir más para nosotros mismos, sino para Aquel que nos amó primero. Que esta Eucaristía sea para nosotros memoria de un amor que busca, encuentra, perdona y transforma.

 Conclusión orante

Señor Jesús,
Buen Pastor que buscas sin cansarte,
enséñanos a vivir con la certeza de que somos tuyos.

En la vida y en la muerte,
en lo visible y en lo escondido,
somos del Señor.

No permitas que nos perdamos por orgullo y autosuficiencia.
Haznos humildes para dejarnos encontrar,
valientes para reconocer nuestras heridas,
y generosos para alegrarnos por cada hermano que regresa.

Y tú, Virgen María,
Madre que guarda y espera,
intercede por nosotros,
para que nunca olvidemos
que nuestra mayor dignidad es esta:
somos hijos amados,

eternamente buscados,

eternamente esperados.

Amén.