PORQUE SOMOS HIJOS

Homilía – jueves de la XXX Semana del Tiempo Ordinario (Año impar)  Romanos 8,31b-39 / Salmo 108 / Lucas 13,31-35

La liturgia de hoy nos sitúa en el corazón palpitante de la fe cristiana, allí donde la vida y el amor se tocan: somos hijos de Dios, guiados por el Espíritu, llamados a vivir en el amor que todo lo vence. Tres son los objetivos que la Palabra nos propone:

  1. Redescubrir nuestra identidad: somos hijos y coherederos con Cristo.
  2. Reconocer la acción del Espíritu Santo: que nos enseña a orar, a confiar y a clamar “Abbá, Padre”.
  3. Reafirmar nuestra certeza de fe: nada puede separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

El hilo que une estos tres aspectos es la gracia del Espíritu: el amor derramado en el corazón, que nos transforma desde dentro, nos libera del miedo y nos hace capaces de vivir con esperanza en medio de todo.

San Pablo ha llegado en el capítulo 8 de su carta a los Romanos a la cima de su teología espiritual. Después de haber hablado del pecado, de la gracia y de la justificación, ahora revela el rostro más íntimo de la vida cristiana: ser hijos en el Hijo. “El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo.” (Rm 8,16-17)

Aquí comienza todo. No somos siervos temerosos, sino hijos amados. No vivimos bajo la ley del miedo, sino bajo la libertad de la gracia. El Espíritu Santo, presencia viva de Dios en el alma, nos hace clamar desde lo más profundo: Abbá, Padre.
Esa palabra —que Jesús mismo pronunció en Getsemaní— no es para nosotros un concepto, sino un grito del corazón que ha sido tocado por el amor.

Pablo no describe una fe teórica. Habla desde la experiencia de quien ha sido salvado.
Ese mismo Espíritu, dice el apóstol, “intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8,26). Cuando el alma no sabe orar, cuando las fuerzas se agotan o el dolor enmudece, el Espíritu ora en nosotros. Nuestra debilidad no es obstáculo, es el lugar donde la gracia se hace fecunda. El Espíritu es, por tanto, voz interior, consuelo y aliento.

Desde ahí se comprende la exclamación final: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?… En todo esto vencemos de sobra gracias a Aquel que nos amó.” (Rm 8,35.37)

El texto no surge de una ingenuidad espiritual, sino de una certeza madura: el amor de Dios no depende de nuestras circunstancias. Ni la tribulación, ni el peligro, ni la angustia pueden romper la alianza sellada en Cristo. Su amor es incondicional. El Espíritu que nos hace hijos, es el mismo que nos sostiene cuando el miedo golpea, y el mismo que nos conduce a la libertad del amor.

El Salmo 108 recoge esa misma fe desde la fragilidad del orante: “Sálvame, Señor, por tu bondad; soy pobre y desdichado, y mi corazón está traspasado.”

No hay contradicción entre Pablo y el salmista: ambos reconocen que la salvación nace en la debilidad abrazada por la misericordia. El Dios de la alianza se coloca “a la derecha del pobre para salvar su vida”. Ahí está el misterio: el Todopoderoso se hace compañero del que sufre.

Y este amor divino encuentra su rostro más puro en el Evangelio de Lucas, donde Jesús —sabiendo que Herodes lo busca para matarlo— no se detiene: “Hoy y mañana seguiré curando y expulsando demonios; al tercer día terminaré mi obra.”

Cristo no huye del peligro porque su vida está entregada al Padre. Su amor no se apaga ante el rechazo, sino que se hace más tierno: “¡Jerusalén, Jerusalén!, cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina a sus polluelos bajo las alas, y no habéis querido.”

Ese lamento es la voz de un Dios que no se cansa de amar, incluso cuando no es correspondido. Jesús llora, pero no se detiene. Ama, aunque le cierren las puertas.
En Él se cumple la promesa de Pablo: nada puede separar al hombre del amor de Dios, porque ese amor ha tomado carne y rostro en Cristo.

Esta Palabra no es para contemplarla desde lejos, sino para dejarla entrar.
Cada uno de nosotros ha sentido alguna vez el cansancio, la duda o la sensación de estar lejos de Dios. Pero la verdad que hoy se nos revela es decisiva: no somos esclavos del miedo, sino hijos de la confianza. Grita y repítelo: Dios es mi Padre, soy hijo de Dios, y nada ni nadie podrá apartarme de ese amor del Padre manifestado en Cristo y derramado por el Espíritu en nuestro corazón

Ser hijo significa vivir desde la certeza de un amor primero. Significa dejar de buscar méritos para dejarse amar. El Espíritu que ora en nosotros nos enseña a mirar la vida desde esa filiación: no todo está bajo control, pues todo está en las manos del Padre.

Y así, nuestra vida se convierte en respuesta: la oración es diálogo,
la misión es entrega, el sufrimiento se transforma en ofrenda,
y la esperanza se convierte en testimonio.

El creyente que vive así se vuelve libre. Libre para amar sin miedo, para servir sin cálculo, para confiar sin reservas. Y en esa libertad madura la santidad: la de quien no huye de la cruz, sino que descubre en ella el lugar donde el amor florece.

Al presentar el pan y el vino, presentemos también nuestra historia: lo que somos, lo que tememos, lo que aún nos cuesta creer. Ofrezcamos al Señor la certeza de Pablo: que ni la muerte, ni la angustia, ni el pecado, ni el tiempo
pueden apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo.

Que esta Eucaristía reavive en nosotros el fuego del Espíritu, ese Espíritu que nos hace hijos y herederos, y nos enseña a decir en cada circunstancia de la vida:
“Abbá, Padre.”

Conclusión orante

Señor Jesús,
Tú que has mostrado en tu cruz el rostro fiel del amor que no se rinde,
haz que tu Espíritu renueve en nosotros la confianza de los hijos.

Cuando el miedo nos paralice, recuérdanos que somos tuyos.
Cuando el corazón se cierre, ábrelo con tu fuego.
Cuando la fe se debilite, susúrranos al oído tu promesa:
“Nada podrá separarte de mi amor.”

Padre bueno,
haznos vivir desde la certeza de ser tus hijos amados,
para que cada gesto de nuestra vida
proclame la gloria de tu gracia
y la alegría de sabernos en tus manos.

Amén.