Homilía – Fiesta de San Lucas, Evangelista. 2 Tim 4,10-17a; Sal 144; Lc 10,1-9
Queridos hermanos:
Hoy la Iglesia celebra la fiesta de san Lucas, el evangelista de la mansedumbre de Cristo, el escritor del Evangelio de la misericordia, el médico del cuerpo y del alma.
A través de su pluma, el Espíritu Santo nos ha legado uno de los testimonios más bellos del amor de Dios hecho ternura.
San Lucas nos muestra el rostro humano de Jesús: el que se detiene ante el herido del camino, el que llora sobre Jerusalén, el que acoge a los pecadores, el que perdona desde la cruz. Y hoy, al escuchar el envío de los setenta y dos discípulos, contemplamos lo que él mismo fue: un apóstol manso, disponible, confiado y servicial.
Celebrar a san Lucas es redescubrir que cada cristiano es también llamado, enviado y sostenido por el Señor en la misión de llevar su paz.
El Evangelio de Lucas 10,1-9 nos ofrece tres notas esenciales del apóstol de Cristo:
a) El apóstol es llamado y enviado por el Señor
“El Señor designó a otros setenta y dos y los envió de dos en dos delante de Él, a todos los lugares donde pensaba ir.”
No es el apóstol quien se elige, ni quien decide su tarea. Es Jesús quien llama a quien quiere y le confía una misión concreta. Todo apostolado nace de una elección gratuita, no de un mérito personal.El Señor sigue diciendo hoy: “Te necesito para llevar mi paz a otros.”
Ser discípulo es saberse enviado antes de llegar, mensajero de una presencia que precede: “Los envió delante de sí.” Cada vez que servimos, hablamos, curamos o consolamos, Jesús va delante y nosotros solo preparamos el camino de su llegada.
b) El apóstol depende totalmente de Dios
“No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias.”
La pobreza evangélica no es desprecio de los bienes, sino signo de confianza.
Jesús quiere que sus enviados vivan sin apoyos humanos, libres de cargas, disponibles para el Reino. Como dirá más adelante en el mismo Evangelio:
“No andéis preocupados por qué comer o qué vestir… vuestro Padre sabe lo que necesitáis.”
El apóstol ha de aprender el arte de vivir de la providencia, de buscar el Reino primero y dejar que lo demás venga por añadidura. San Lucas, médico y hombre culto, entendió esto en profundidad: su sabiduría no se apoyaba en la ciencia, sino en la gracia. Solo quien depende de Dios puede anunciar su paz.
c) El apóstol prepara la llegada del Señor
“Decid: La paz de Dios llegue a esta casa… curad a los enfermos y decid: el Reino de Dios está cerca de vosotros.”
La tarea del apóstol es preparar corazones, anunciar la paz, sanar heridas y hacer sentir la cercanía del Reino. Así lo hizo Lucas: su Evangelio no juzga, cura; no condena, consuela; no impone, atrae.
Su palabra es bálsamo para el que busca y medicina para el que sufre.
Como escribe san Juan Pablo II: “San Lucas nos introduce en el conocimiento de la luz discreta, y al mismo tiempo penetrante, que la Palabra de Dios irradia iluminando la historia.”
Esa luz —suave, paciente, compasiva— es la que la Iglesia está llamada a reflejar hoy.
Decía san Beda el Venerable: “Todo el que ama a Dios cree que el Evangelio ha sido escrito para él.” El Evangelio no es solo una memoria escrita; es una carta personal del Señor a cada uno. San Lucas nos recuerda que hemos recibido un tesoro que debemos custodiar y comunicar.
Pero ese anuncio solo es creíble si se hace desde la mansedumbre y la oración.
Lucas, más que ningún otro, nos enseña el camino orante del discípulo:
el Magníficat, el Padre Nuestro, la viuda insistente, el publicano arrepentido.
Como señala el Catecismo (n. 2613), en su Evangelio encontramos tres parábolas sobre la oración: la del amigo insistente, la de la viuda perseverante, y la del fariseo y el publicano. En todas ellas, el Señor nos enseña a orar con humildad, confianza y perseverancia.Así fue también la vida de Lucas: oración constante y servicio silencioso.
Hoy, la fiesta de san Lucas nos invita a renovar nuestra dimensión apostólica y evangelizadora. Cada uno, en su estado de vida, es enviado por Cristo: en la familia, en el trabajo, en la comunidad, en medio del mundo.
El discípulo de Jesús no se guarda el Evangelio; lo comparte como quien entrega una medicina que ha sanado su propio corazón. Estamos llamados a ser evangelistas de la mansedumbre, apóstoles de la paz, mensajeros de la misericordia.
Y para eso necesitamos la actitud interior que tuvo Lucas:
- fidelidad humilde (“Solo Lucas está conmigo”, decía san Pablo),
- disponibilidad confiada,
- y una ternura que anuncie la verdad sin herir.
Al presentar el pan y el vino, ofrezcamos al Señor nuestro deseo de ser evangelios vivos. Pidamos a san Lucas la gracia de escribir, con nuestra vida, páginas nuevas del Evangelio: en la paciencia, en la mansedumbre, en la alegría de servir.
Que el Espíritu Santo nos dé la palabra justa y el corazón compasivo para ser mensajeros del Reino que se acerca.
Conclusión orante
Señor Jesús,
que llamaste a san Lucas para narrar la historia de tu ternura,
haz de nosotros discípulos mansos y fieles,
obreros de tu mies, portadores de tu paz.
Enséñanos a confiar solo en Ti,
a vivir ligeros de equipaje,
a hablar con verdad y a callar con amor.
Que tu Espíritu nos enseñe a orar con humildad,
a servir sin cansancio,
a anunciar con alegría que tu Reino está cerca.
Y que, como san Lucas,
sepamos escribir el Evangelio de tu misericordia
con las letras de nuestra vida.
“El Reino de Dios está cerca de vosotros.”
“Tus fieles, Señor, proclaman la gloria de tu reinado.”
Amén.
