Homilía-viernes XXVII Semana del T.O. (Año impar) Lecturas: Jl 1,13-15; 2,1-2 | Sal 9 | Lc 11,15-26.
Queridos hermanos:
El Evangelio de hoy nos plantea una imagen inquietante y profundamente actual: una casa barrida, limpia… pero vacía.
No hay mal, pero tampoco hay bien. No hay demonios, pero tampoco hay Dios. Y entonces, vuelve el mal —más fuerte, más astuto— y se instala con comodidad en el alma.
Es una advertencia severa que nos deja una enseñanza clara: no basta expulsar el mal, hay que llenarse del bien. No basta huir del pecado, hay que caminar en la gracia. No basta alejarse de lo malo, hay que decidirse por lo bueno.
El corazón humano, como la casa del Evangelio, no tolera el vacío. Y si no lo llena Dios, lo llenará el mundo: con ruido, con orgullo, con egoísmos… o simplemente con una indiferencia cómoda, que parece inofensiva pero que termina debilitando el alma.
El profeta Joel clama en medio de la ruina: “El campo ha sido arrasado, en duelo está el suelo… Llega el día del Señor.”
Es un grito que atraviesa los siglos. Porque también hoy vemos a nuestro alrededor campos devastados: familias fragmentadas, corazones heridos, una fe que se enfría, una cultura que ha perdido el asombro por lo sagrado.
Pero Joel no se limita a narrar la desgracia. Su mirada no se detiene en el lamento. abre un camino: volver al Señor. El día del Señor no es el fin… es el comienzo. Es ese instante de gracia en el que uno se deja tocar, se sacude la tibieza, y el corazón se rasga —como dice el profeta— no por fuera, sino por dentro.
Y ese retorno no se limita a “dejar lo malo”, sino a permitir que el bien de Dios inunde la vida. Por eso el profeta anunciará luego con esperanza:
“Derramaré mi Espíritu sobre toda carne… y todo el que invoque el nombre del Señor será salvo.”
La devastación puede ser el umbral de la conversión, pero sólo si dejamos que el Espíritu llene el vacío.
Jesús ha hecho el bien. Ha expulsado el mal. Pero en lugar de gratitud, recibe sospechas: “Expulsa demonios por Belzebú.”
Es el colmo del sinsentido: el bien se convierte en sospechoso, y el mal se relativiza. Hoy no estamos tan lejos de esto. El bien a veces es ridiculizado, la verdad es puesta entre comillas, la santidad es vista como fanatismo. En cambio, el mal —con rostro simpático y lenguaje atractivo— se cuela en la vida como quien no quiere la cosa.
Jesús responde con fuerza: “El que no está conmigo, está contra mí. El que no recoge conmigo, desparrama.”
No hay neutralidad espiritual. No hacer el mal no es suficiente.
La casa vacía no basta. La limpieza moral es buena, pero si no está habitada por Dios, está en peligro.
Jesús no busca simplemente una vida sin demonios… sino una vida con Él. Y eso implica tomar decisiones, llenar la casa con luz, con Evangelio, con obras, con fe viva.
Esta Palabra, hermanos, nos golpea con su verdad: La santidad no es un vacío de errores, sino una plenitud de amor.
No basta decir: “No hago daño a nadie”. La fe cristiana no es pasiva. Es activa, fecunda, comprometida. Cristo no nos llama a “portarnos bien”, sino a ser luz del mundo, sal de la tierra, constructores del Reino.
¿Está tu casa limpia… pero vacía? ¿Has dejado ciertos pecados, pero te has quedado a medias? ¿Huyes del mal, pero no abrazas el bien con decisión?
Hoy Jesús nos dice: Llena la casa. Llénala de su Palabra, de Eucaristía, de obras concretas, de oración sincera, de perdón valiente, de alegría contagiosa.
Porque si el corazón queda vacío, el mal regresa. Pero si está habitado por Dios, no hay fuerza en el mundo que lo pueda derribar.
Y ahora, al presentar el pan y el vino, traigamos también nuestras casas interiores. Tal vez algunas están limpias, pero vacías. Tal vez otras están aún en ruinas, esperando reconstrucción. Pero todas pueden ser habitadas por el Espíritu, si las ofrecemos con sinceridad.
Señor, te presentamos nuestras vidas. No sólo para que las limpies…
sino para que te quedes en ellas. Llénanos con tu presencia. Haznos recogedores contigo. Haz de esta Eucaristía el momento en que se encienda de nuevo la llama del bien en nuestras almas.
Conclusión orante
Señor Jesús,
Tú que vences el mal no con violencia, sino con tu amor,
entra en nuestra casa interior y hazla tuya.
Límpiala de todo lo que nos aparta de Ti.
Pero sobre todo, llénala de Ti.
No permitas que vivamos una fe vacía, tibia o indiferente.
Haznos cristianos que recogen contigo,
que siembran tu Reino con alegría.
Haz de nuestra alma un hogar para tu Espíritu,
una lámpara encendida, un testimonio vivo.
Y cuando llegue el día del Señor —ese día que ya comienza cuando Tú reinas en nosotros—
que nos encuentre habitados por tu gracia y fecundos en tu amor. Amén
