LAMENTO DE AMOR HERIDO

Homilía – viernes de la XXVI semana del Tiempo Ordinario (año impar)

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas de hoy nos colocan frente a una de las verdades más incómodas, pero al mismo tiempo más liberadoras de la fe cristiana: la llamada a una conversión auténtica, que nace de la humildad y de la sinceridad ante Dios.

En la primera lectura, el profeta Baruc pone en boca del pueblo una confesión clara: «Hemos pecado contra el Señor». No hay excusas, no hay pretextos, no hay un “pero” que justifique la infidelidad. Reconocer la propia fragilidad, sin maquillarla, es siempre el primer paso hacia la vida. Esta confesión es luminosa porque muestra que, aunque hay pecado, también hay esperanza: cuando el ser humano reconoce su necesidad, abre la puerta a la misericordia.

En el Evangelio, Jesús dirige palabras duras a Corazín, Betsaida y Cafarnaúm. Son ciudades que recibieron gracias inmensas —milagros, predicación, cercanía—, y sin embargo no se convirtieron. No es un reproche de rabia lo que brota de Jesús, sino un lamento de amor herido. Le duele el corazón al ver que quienes tuvieron más oportunidades fueron los que permanecieron indiferentes. Esa tristeza de Jesús resuena todavía hoy en nuestras ciudades y en nuestros hogares, allí donde la Palabra no encuentra eco, donde la gracia se ofrece pero no se acoge.

Y aquí la pregunta se vuelve inevitable: ¿dónde nos situamos nosotros? ¿Somos de los que, como el pueblo en tiempos de Baruc, reconocen humildemente su necesidad de perdón? ¿O nos parecemos más a las ciudades del Evangelio, que cerraron el corazón porque se creían autosuficientes?
La indiferencia ante el Evangelio nunca es neutra. El mismo Catecismo nos recuerda que la conversión Es  una reorientación radical de la vida entera, un volvernos de corazón a Aquel que es la fuente de toda vida, rompiendo con el pecado y abrazando la gracia. La indiferencia ante el Evangelio nunca es neutra: nos aleja del Reino. Por eso, la llamada de Jesús hoy es clara y urgente: “Convertíos, y creed en el Evangelio”.

Hermanos, esta Palabra hoy nos pide que miremos dentro:

  • En nuestras familias, ¿cuántas veces convivimos con la fe como una costumbre, sin dejar que realmente transforme nuestras relaciones, nuestras decisiones, nuestro modo de vivir?
  • En nuestras comunidades, ¿qué hacemos para que la Palabra que escuchamos domingo tras domingo no quede sólo en la superficie, sino que toque la vida concreta?
  • En lo personal, ¿nos atrevemos a pedir la gracia de las lágrimas, esas que nacen de reconocer nuestro pecado y de experimentar la misericordia de Dios?

La conversión no es un barniz exterior, ni un momento de emoción pasajera. Es aprender a mirar todo desde Cristo, a poner en Él nuestras seguridades, a reconocer que sin su gracia nada podemos.

Ahora vamos a presentar el pan y el vino. Son signos pobres, pero cargados de sentido. En ellos llevamos nuestra vida, con sus contradicciones y sus deseos de renovación. Pongamos en el altar también nuestra propia conversión: que el Señor transforme nuestro corazón como transformará estos dones en su Cuerpo y en su Sangre.

Conclusión orante

Señor Jesús,
Tú que miraste con ternura y dolor a las ciudades que no te acogieron,
mira hoy nuestro corazón.
Líbranos de la tibieza, del orgullo y de la costumbre que apaga tu fuego.
Danos la gracia de la conversión sincera,
el don de unas lágrimas que purifican,
y un corazón nuevo que viva para Ti y en Ti.
Amén.