Homilía para la Fiesta de los Santos Arcángeles (29 de septiembre)
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy la Iglesia nos invita a levantar los ojos hacia el cielo, a reconocer lo invisible, y a celebrar una verdad de fe que a veces olvidamos o incluso ponemos en duda: la existencia de los ángeles, esos mensajeros misteriosos de Dios que acompañan la historia humana y sirven al plan de salvación.
La fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael nos devuelve a la conciencia de que el mundo visible no es toda la realidad, y de que Dios sigue actuando entre nosotros por medio de sus enviados, para protegernos, guiarnos y fortalecernos.
En un tiempo como el nuestro, tan tentado por el racionalismo frío o por la mitificación sin raíz, esta celebración nos centra en la verdad profunda y consoladora que nos enseña la Escritura y la fe de la Iglesia: los ángeles existen, y están a nuestro lado.
En el Evangelio de hoy, Jesús dice a Natanael: “Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (Jn 1,51).
Con esta imagen, Jesús evoca el sueño del patriarca Jacob (Gén 28), quien vio una escalera que unía la tierra con el cielo, por la que los ángeles de Dios “subían y bajaban”, mientras el mismo Señor estaba junto a él. Esta visión nos habla de una comunicación constante entre Dios y la humanidad, mediada por estos espíritus celestes que son como puentes vivientes entre la gloria divina y nuestra fragilidad.
En la Escritura, los tres arcángeles que hoy veneramos tienen misiones concretas, visibles y decisivas.
- Miguel, cuyo nombre significa “¿Quién como Dios?”, aparece en el Apocalipsis como jefe del ejército celestial, venciendo al demonio y sus ángeles caídos (Ap 12,7-9).
- Gabriel, el “fortaleza de Dios”, lleva los anuncios más importantes: a Zacarías el nacimiento de Juan Bautista, y a María el misterio de la Encarnación (Lc 1).
- Rafael, “medicina de Dios”, aparece en el libro de Tobías, donde guía, protege y sana.
Como dice san Gregorio Magno, cuando la misión es grande, Dios envía a los grandes mensajeros: los arcángeles.
La existencia de los ángeles no es un mito, ni una figura poética. Es una verdad de fe. Así lo enseña con claridad el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 328):
“La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición.”
La palabra “ángel” no es un nombre de naturaleza, sino de función: como decía san Agustín, “Por su ser, son espíritus; por su oficio, son ángeles.”
Los arcángeles son los “príncipes” de esta multitud espiritual. No sabemos exactamente cómo son, pero sí sabemos qué hacen: adoran a Dios, cumplen sus órdenes y sirven a los hombres.
La Carta a los Hebreos los define así: “Espíritus servidores, enviados para asistir a los que han de heredar la salvación” (Hb 1,14). Es decir: están para Dios… y también para nosotros.
Celebrar esta fiesta no es un ejercicio de nostalgia o de espiritualismo ingenuo. Es recordar una verdad que nos da consuelo y nos lanza al compromiso. Porque si los ángeles “suben y bajan sobre el Hijo del Hombre”, significa que todo lo que sucede en la vida está envuelto en la mirada amorosa y protectora de Dios.
Los arcángeles no son figuras decorativas. Son modelos de misión.
- Miguel nos enseña a luchar contra el mal, a ponernos del lado de la verdad, a combatir con fe las sombras del egoísmo, la mentira o la desesperanza.
- Gabriel nos recuerda que todos estamos llamados a ser anunciadores de la Buena Noticia, portadores de esperanza en medio de un mundo que a menudo vive sin ella.
- Rafael nos impulsa a ser sanadores de heridas, acompañantes del que sufre, instrumentos de consuelo y de luz para quienes caminan en la oscuridad.
Ellos sirven a Dios sirviendo a los hombres. Y ese debe ser también nuestro estilo cristiano: glorificar a Dios viviendo para los demás.
En esta Eucaristía —la cumbre de nuestra alabanza— se abre una vez más la escalera entre el cielo y la tierra. Hoy, al ofrecer el pan y el vino, nos unimos al cántico eterno de los ángeles, como decimos en cada misa: “Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria…”
Pidamos al Señor que, al igual que Miguel, Gabriel y Rafael, nosotros también sepamos estar atentos, disponibles y obedientes a su voluntad. Que nuestra vida cotidiana sea un lugar donde Dios pueda seguir actuando y comunicándose con el mundo.
Conclusión orante: Con los ángeles, alabanza y misión
Señor Dios nuestro,
tú que has creado el cielo y la tierra,
y has querido llenar de ángeles tu gloria
y nuestro camino,
te damos gracias por Miguel, defensor del bien,
por Gabriel, anunciador de la salvación,
y por Rafael, sanador de nuestras heridas.
Danos ojos para ver lo invisible,
corazón para confiar en tu presencia,
y fuerza para vivir con alegría y entrega nuestra misión.
Y a ti, Virgen María,
Señora de los ángeles y Madre del Verbo encarnado,
enséñanos a responder como tú:
“Hágase en mí según tu Palabra.”
Amén.
