ABRE LOS OJOS

Lectio Divina – Domingo XXVI del Tiempo Ordinario (Ciclo C). 28/09/2025. Evangelio: Lucas 16, 19-31

«Había un hombre rico… y un pobre llamado Lázaro.»


1. Lectura (¿Qué dice el texto?)

Lucas 16, 19-31

«Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y cada día celebraba espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, yacía echado en su portal, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros venían y le lamían las llagas…»

Este pasaje es una parábola que presenta dos personajes: un rico sin nombre y un pobre con nombre, Lázaro, lo cual ya es significativo. En la vida terrena, uno vive en la abundancia y el otro en la miseria. Tras la muerte, sus situaciones se invierten radicalmente: el pobre es consolado, y el rico, atormentado.

La parábola concluye con una enseñanza muy directa: quien no escucha la Palabra de Dios en vida, difícilmente cambiará, aunque alguien venga del más allá para advertirle.


2. Meditación (¿Qué me dice a mí el texto?)

  • ¿Quién soy yo en esta parábola? ¿Me identifico con el rico, centrado en sus cosas, quizá encerrado en mi mundo sin mirar al prójimo? ¿O con Lázaro, necesitado, pero confiado en Dios?
  • El rico no hizo mal, pero tampoco hizo el bien. Su pecado fue la indiferencia.
    ¿Soy capaz de reconocer a los “Lázaros” que tengo cerca? ¿Veo al que sufre a mi puerta? ¿O he aprendido a mirar para otro lado?
  • Jesús no condena la riqueza, sino la vida gastada solo para uno mismo.
    ¿Cómo administro mis bienes, mi tiempo, mi corazón?
  • La parábola dice que el rico “no tiene nombre”. ¿Qué dice mi nombre ante Dios? ¿Vivo con sentido y entrega, o estoy diluyendo mi vida en la superficialidad?
  • ¿Escucho la Palabra de Dios con apertura o la ignoro porque “ya me lo sé todo”?
    ¿Necesito milagros para creer o me basta con la voz de Dios que resuena en las Escrituras, en la conciencia, en el pobre?

3. Oración (¿Qué le digo yo a Dios?)

Señor Jesús, Tú que miras con ternura al pobre y con firmeza al que vive encerrado en sí mismo,
despierta mi corazón.
No dejes que me acostumbre al sufrimiento ajeno.
Libérame de la indiferencia,
de la comodidad sin compromiso,
del egoísmo disfrazado de prudencia.

Dame, Señor, ojos para ver,
oídos para escuchar,
y manos para servir.

Que tu Palabra me despierte cada día,
y que no espere el final para cambiar,
porque mañana puede ser tarde.

Ayúdame, por intercesión de la Virgen del Rosario,
a vivir como verdadero discípulo:
disponible, atento, compasivo,
al estilo de María.

Amén.


4. Contemplación (¿Qué cambia en mí este encuentro con Dios?)

Silencio orante… Repite lentamente, a modo de susurro interior, una frase del Evangelio o de la oración que haya tocado tu corazón.

Por ejemplo: Lázaro yacía a su puerta…»o «Tienen a Moisés y a los profetas. Que los escuchen.» O «Dame ojos para ver, Señor.»  Permanece un momento en la presencia de Dios. Deja que su Palabra haga su obra en ti sin prisas ni razonamientos. Solo permanece.


5. Acción (¿A qué me compromete esta Palabra?)

  • ¿A qué actitud concreta me llama este Evangelio?
  • ¿A quién tengo que mirar de forma distinta a partir de hoy?
  • ¿Qué puedo cambiar en mi modo de vivir, de gastar el tiempo, de compartir mis bienes?
  • ¿A qué “Lázaro” de mi entorno puedo acercarme esta semana?

Piensa en una acción concreta, sencilla, pero real. Escríbela si es necesario. Que esta Lectio no quede solo en un buen sentimiento, sino en una decisión libre y humilde.


Conclusión

El Evangelio de este domingo nos lanza una advertencia llena de amor: vivamos despiertos, con sentido, abiertos al prójimo y atentos a Dios. La vida no es un ensayo: es el lugar donde se juega la eternidad.

La Virgen María, la discípula atenta, nos acompaña y nos enseña a vivir con el corazón disponible y entregado. Que ella, nuestra Madre, nos ayude a vivir el Evangelio con decisión, verdad y alegría