Domingo XXVI del Tiempo Ordinario (Ciclo C) 28/09/2025
Queridos hermanos y hermanas:
Este domingo la Palabra de Dios nos sacude con fuerza y claridad. Nos invita a mirar a nuestro alrededor, a revisar nuestras prioridades, y sobre todo, a preguntarnos si estamos viviendo como verdaderos discípulos del Señor… o si, sin darnos cuenta, hemos caído en la comodidad de una vida cerrada, superficial e indiferente.
Hoy, la liturgia nos habla con contundencia: no basta con no hacer el mal; también se puede fallar por no hacer el bien. Y esto, en nuestra vida cotidiana, es más frecuente de lo que pensamos.
Vamos a dejarnos iluminar por la Palabra, y a descubrir, con la ayuda de la Virgen María —modelo perfecto del discípulo fiel—, cómo vivir una fe despierta, sensible y comprometida.
El Evangelio de este domingo nos presenta una de las parábolas más impactantes de Jesús: la del rico sin nombre y el pobre Lázaro. Es una historia breve, pero llena de significado.
Por un lado, tenemos al rico que vive en la abundancia, banqueteando cada día, rodeado de lujo. No se menciona que haya hecho nada malo… simplemente vivía para sí mismo. Lo más llamativo es que no tiene nombre. En la Biblia, no tener nombre es no tener identidad, no haber dejado huella. Es vivir en el anonimato del egoísmo, de la indiferencia.
En contraste, está Lázaro, un mendigo llagado y hambriento, tendido a la puerta del rico. No tiene nada… excepto un nombre. Y su nombre lo dice todo: “Lázaro” significa “Dios ha traído ayuda”. No recibió ayuda del mundo, pero sí fue recordado por Dios.
En la segunda parte de la parábola —el «segundo acto», cuando termina el teatro de esta vida—, las tornas cambian: el rico, ahora en el Hades, sufre; y Lázaro, en el seno de Abrahán, es consolado. No se trata de una descripción literal del más allá, sino de una advertencia simbólica y contundente: el juicio de Dios invierte los valores del mundo y revela la verdad oculta de cada vida.
Jesús no condena al rico por sus riquezas. Lo que se denuncia es la vida irreflexiva, el no haber visto al pobre a su puerta, el haber vivido encerrado en su mundo sin dejarse interpelar por el dolor ajeno.
El verdadero drama es vivir sin mirar, sin escuchar, sin actuar. Una vida aparentemente “correcta”, pero vacía de amor. Esa es la tragedia silenciosa de muchas conciencias adormecidas: el mal no siempre es escandaloso; a veces es simplemente no haber amado.
La primera lectura, del profeta Amós, también lanza un grito contra la despreocupación egoísta: denuncia a los que viven instalados en la comodidad, sin preocuparse por la ruina de su pueblo. Y en la segunda lectura, san Pablo exhorta a Timoteo a buscar la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia… Virtudes concretas, reales, que encarnan el Evangelio en la vida.
¿Qué tienen en común estas lecturas? Que todas nos advierten de lo mismo: hay un momento en que ya no se puede volver atrás. Cuando se ha gastado la vida entera de espaldas al otro, ya no basta con pedir una segunda oportunidad. Es como si el Evangelio nos dijera: “abre los ojos antes de que sea tarde.”
Queridos hermanos, esta parábola no habla de ricos y pobres lejanos. Habla de ti y de mí. Nos obliga a mirar hacia adentro, a preguntarnos con valentía:
- ¿A quién tengo olvidado a mi puerta?
- ¿Qué necesidades ignoro, incluso dentro de mi propia familia, vecindario o parroquia?
- ¿Estoy tan metido en mis rutinas que ya no me afecta el sufrimiento ajeno?
Quizá no tenemos enemigos… pero ¿somos capaces de ver al que sufre cerca de nosotros?
Quizá no hacemos daño… pero ¿hacemos el bien posible?
La fe no puede vivirse como un refugio espiritual que nos aísla del mundo. Jesús nos enseña que amar es mirar, detenerse, conmoverse, actuar.
Y frente al riesgo de la indiferencia, tenemos el testimonio luminoso de María, la Virgen. Ella no pasó de largo. No se cerró a la voz de Dios ni al dolor del prójimo. Vivió su fe con disponibilidad, con entrega, con atención concreta a cada persona. Por eso la veneramos. Por eso es nuestro modelo.
Hoy, al presentar el pan y el vino en el altar, pongamos también nuestras decisiones, nuestros cambios pendientes, nuestro deseo de abrir los ojos. Que esta Eucaristía nos despierte del letargo de la indiferencia, y que el Pan de vida que recibimos nos transforme en personas disponibles, comprometidas, compasivas.
Que el sacrificio de Cristo nos enseñe a vivir nuestra propia vida como una entrega, como un don para los demás.
Conclusión orante:
Virgen Santísima,
tú que fuiste la primera discípula,
enséñanos a vivir con los ojos abiertos,
con el corazón atento,
con las manos dispuestas a servir.
Que no pasemos de largo ante el hermano que sufre,
que no gastemos nuestra vida solo en lo nuestro,
que no vivamos como si tu Hijo no nos hubiera hablado.
Tú, que estuviste al pie de la cruz,
danos fuerza para cargar con los que nadie quiere,
esperanza para consolar al que llora,
y fe para reconocer a Cristo en cada pobre Lázaro que se cruza en nuestro camino. Amén
