CRISTO CENTRO DE NUESTRA VIDA

Homilía – viernes de la 25ª Semana del Tiempo Ordinario (Año Impar) 26/09/2025. Lecturas: Ageo 2, 1-9; Sal 42; Lc 9, 18-22

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este viernes nos conduce al corazón de la fe: reconocer a Cristo como el centro de nuestra vida y aprender a esperar en la gloria que Dios prepara para su pueblo.

El profeta Ageo habla a un pueblo cansado y desanimado. El templo que comienzan a reconstruir parece insignificante comparado con el de antaño. Pero Dios los anima: “La gloria de esta segunda casa será mayor que la primera”. No se trata solo de piedras, sino de la presencia de Dios que llena la vida del pueblo con paz.

¿Cuántas veces nos sentimos así? Creemos que lo que hacemos es pequeño, insuficiente, sin brillo. Pero el Señor nos recuerda que su gloria no depende de nuestra apariencia ni de nuestras fuerzas, sino de su fidelidad. El futuro que Él prepara siempre supera la nostalgia del pasado.

El salmo 42 nos pone en los labios una oración confiada: “Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida”. Esa esperanza es la que sostiene al creyente. No vivimos mirando atrás con melancolía, sino hacia adelante, sabiendo que Dios cumple sus promesas. La fe no es evasión, sino fuerza para caminar en medio de las dificultades con los ojos fijos en la meta.

Jesús, en un momento de intimidad con sus discípulos, les lanza la gran pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?”… y después: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Es la pregunta decisiva, la que atraviesa todos los siglos y llega hoy a nosotros.

Pedro responde: “Tú eres el Mesías de Dios”. Pero enseguida Jesús aclara qué significa ser Mesías: no es un rey de poder y gloria humana, sino el Siervo que debe sufrir, ser rechazado y morir en la cruz. Aquí está la paradoja cristiana: el triunfo viene por el camino de la entrega, la gloria se alcanza a través de la cruz.

Hermanos, hoy la Palabra nos invita a tres actitudes muy concretas:

  • Confiar en el futuro de Dios. Aunque lo que vemos nos parezca pequeño o frágil, el Señor está obrando. La gloria de su casa no está en las piedras, sino en los corazones que se abren a Él.
  • Vivir de esperanza. No dejarnos atrapar por la tristeza o la resignación. El salmo nos enseña a esperar con confianza, incluso en los momentos de oscuridad.
  • Responder personalmente a Jesús. No basta repetir lo que otros dicen de Él. Cada uno está llamado a confesar con la vida: “Tú eres el Mesías de Dios, mi Salvador, mi Señor”. Y esa confesión nos compromete a seguirle en el camino de la cruz, que es camino de amor y entrega.

En esta Eucaristía presentamos, junto con el pan y el vino, nuestras pequeñas obras, nuestras tareas cotidianas, nuestra vida sencilla. Aunque nos parezcan insignificantes, las ponemos en el altar para que el Señor las transforme en instrumento de su gloria. También ofrecemos nuestras cruces, nuestros cansancios y fragilidades, pidiendo que Él los convierta en fuente de esperanza para nosotros y para quienes nos rodean.

 Conclusión orante

Santa María, Madre de la esperanza,
tú que guardaste en tu corazón las promesas de Dios
y creíste incluso en la hora de la cruz,
enséñanos a confiar cuando todo parece pequeño,
a esperar contra toda esperanza,
y a confesar con nuestra vida que tu Hijo es el Mesías,
el Salvador del mundo y nuestro Señor.
Amén.