Homilía – jueves de la 25ª Semana del Tiempo Ordinario (Año Impar) 25/09/2025, Lecturas: Ageo 1, 1-8; Sal 149; Lc 9, 7-9
Queridos hermanos y hermanas:
La Palabra de hoy nos coloca frente a una tensión muy actual: la tentación de vivir encerrados en nuestros propios intereses y el llamado de Dios a reconstruir su casa, a darle prioridad a lo que permanece.
El profeta Ageo se dirige a un pueblo cansado, instalado en su rutina, preocupado por sus propias casas, mientras el templo del Señor permanecía en ruinas. Con fuerza les dice: “Reflexionad sobre vuestra conducta. Subid al monte, traed madera y reconstruid la casa; en ella me complaceré”.
Es una llamada que atraviesa los siglos: cuando la fe queda relegada a un rincón, cuando las prioridades se reducen al bienestar material, el corazón del hombre se vacía. No se trata de despreciar lo que necesitamos, sino de poner en el centro lo que da sentido a todo: Dios mismo.
El salmo 149 nos muestra la cara opuesta de la indiferencia: un pueblo que canta, que celebra, que encuentra en la alabanza a Dios su mayor alegría. Allí se revela la fuerza de la comunidad creyente: cuando se centra en Dios, la vida se llena de música, incluso en medio de la dificultad.
En el Evangelio aparece Herodes, desconcertado por lo que oye de Jesús. El rey que había mandado matar a Juan Bautista ahora siente miedo, curiosidad, pero no fe. El poder le ha dado todo, menos paz. Es la imagen de un corazón dividido, que busca controlar, pero que nunca se abre al misterio de Dios.
La Palabra nos interpela con tres preguntas:
- ¿Qué lugar ocupa Dios en mis prioridades? ¿No caigo también en el riesgo de cuidar mucho “mi casa”, mis proyectos, mi seguridad, mientras descuido mi relación con Él?
- ¿Qué llena mi corazón de alegría? ¿El consumo y la apariencia, o la alabanza y la gratitud? El salmo nos recuerda que solo el corazón que canta a Dios encuentra la verdadera libertad.
- ¿Qué hago con las preguntas que me suscita el Evangelio? Como Herodes, puedo quedarme en la curiosidad, en el miedo o en la indiferencia; o puedo dejar que Cristo me transforme de verdad.
Hermanos, este texto es muy actual:
- La “casa de Dios” hoy no es solo el templo material, sino también la comunidad, la familia, el corazón de cada creyente. Reconstruir la casa de Dios significa darle tiempo, escucha, oración, servicio.
- Reconstruir la casa de Dios es también cuidar de los más pobres, porque en ellos habita Cristo. Una parroquia que vive centrada en Dios se convierte en espacio de acogida y solidaridad.
- Y reconstruir la casa de Dios implica purificar nuestro corazón de miedos y de autosuficiencias, para dejar que Él sea realmente el Señor de nuestra vida.
En esta Eucaristía, junto al pan y al vino, pongamos nuestro deseo de dar a Dios el primer lugar. Traigamos al altar nuestras “casas interiores” tantas veces descuidadas, nuestras comunidades que necesitan ser renovadas, y nuestros proyectos, para que todo sea orientado hacia su gloria.
Señor Jesús,
tú eres el verdadero templo donde Dios y la humanidad se encuentran.
Enséñanos a darte el primer lugar,
a no perdernos en lo pasajero,
a construir comunidad en la fe y en el amor.
Que nuestra vida sea alabanza,
y que, como María, sepamos ponerte en el centro,
para que tú seas nuestra paz y nuestra esperanza.
Amén.
